Cuenta la leyenda que el té fue descubierto por el emperador chino Shen-Nung llamado   “El labrador divino” hacia el año 2750 a.C. Cuando Shen-Nung estaba descansando bajo un árbol, le acercaron un cuenco con agua caliente para saciar su sed. Una suave brisa acarició las hojas de un árbol de té, las que cayeron dentro del cuenco del emperador. Shen-Nung bebió el brebaje sintiéndose refrescado y con el cuerpo relajado, a la vez su mente se vio alejada de todos sus tormentos. Así descubrió Shen-Nung el encanto de esta bebida y se dice que a partir de ahí alentó al pueblo chino a cultivar la planta y a preparar la infusión como bebida cotidiana. Shen-Nung afirmó: “El té apaga la sed, reduce las ganas de dormir, alegra y aviva el corazón”.

En Japón, país en el que el consumo del té también está muy arraigado, esta leyenda de Shen-Nung no es la más aceptada, sino que se cree que la costumbre fue traída desde la India por Bodhidharma: el fundador del budismo zen. Se cuenta que en el año 520 d.C. Bodhidharma viajó desde la India a China para predicar el budismo, sentándose frente a una pared para meditar durante nueve años. Pero un día se quedó dormido, y cuando despertó, enfureciéndose por haber cedido al sueño, se cortó los parpados arrojándolos al suelo. De ahí creció una planta que luego serviría como medicina: el té.

Pero es imposible desligar la imagen de una taza de té de las Islas Británicas. Y si por algo es conocida la gastronomía británica es por todo lo que rodea la hora del té. Teteras espléndidas, pasteles de tres pisos, los odiados emparedados de pepino... Todo eso y más, conforman la hora del té o “Afternoon Tea”, sin duda alguna, una de las tradiciones británicas más celebradas.

La historia relata que en 1662 el rey Carlos II contrae matrimonio con la princesa portuguesa Catalina de Braganza, gran consumidora de té, que pone de moda la infusión en la corte británica.

Pero no es hasta principios del siglo XIX cuando parece que se establece la costumbre de la hora del té, cuya invención debemos atribuírsela a la duquesa de Bedford, que se sintió desfallecer y ordenó que le sirvieran una taza de té con una ligera colación antes de cenar. El invento sentó tan bien a la duquesa que empezó a reunir a sus amigos alrededor del té de la tarde, donde servía la bebida acompañada de pasteles y emparedados, popularizando así el “Afternoon Tea”.

Y en Chile no es casualidad que esta bebida se haya popularizado. Por lo menos una taza diaria de té consume cada chileno, lo que nos ubica en el tope del ranking a nivel latinoamericano. De acuerdo a datos aportados por la consultora Comex Intelligence, Chile lidera el consumo de té en América Latina, con un promedio de 78 litros de té por cada chileno al año.

Si bien en nuestro país predomina el consumo de té negro Ceylán, a los chilenos cada vez les gusta más el té y han ampliado sus gustos a otras variedades, como es el té verde.