No fue hace mucho tiempo que por primera vez fui de vacaciones a un hotel de sistema todo incluido. Siempre fui un acérrimo enemigo de este formato ya que la estacionalidad que te provoca te mantiene dentro de los límites del hotel, seguro, bien atendido y sobrealimentado. 

A mí me gusta salir a recorrer, con mi mochila y ojalá en transporte público, llegar a muchos rincones del país que se visita, descubrir la mayor cantidad de sonidos, colores y sabores locales. Eso es viajar, salir del estado de confort, aventurarse, aprender, pero hoy las cosas han cambiado, tengo a mi hijo de diez meses quien no me perdonaría la falta de agua caliente o incomodidades a la hora de dormir. 

Mi padre es el responsable de que yo y mi familia estemos hoy en Aruba, él es un gran fanático de los resorts, sobre todo de los ubicados en el Caribe, megahoteles que se enciman en la blanca arena de playas de aguas transparentes con fondos turquesas, lugares donde el verano nunca desaparece, siempre hay sol y mucho calor, sitios donde los visitantes de todas partes del mundo desfilan sin parar día tras día formando una gran torre de Babel a quienes hay que alimentar.

Siempre me impresiona el tema del volumen, hoy estoy en un hotel con capacidad máxima de 1.200 pasajeros y por lo que me contaron estamos a un 95% de ocupación, entonces son cerca de mil personas las cuales deben tomar desayuno, almorzar y cenar, a veces todos al mismo tiempo.

Una fantástica gestión lo permite y digo fantástica asumiendo que estoy en una isla y que no existen productores locales, todo absolutamente todo llega por barco cada 15 días y así se las deben arreglar. Los bufetes no dan tregua, siempre están abastecidos y desde el primero al último de la fila tiene de todo para elegir, montañas de croissants junto a mi café negro me enceguecen de toda la fruta, tostadas y cereales por la mañana, parrillas humeantes llenas de costeletas y filetes son el centro de atracción rodeadas por ensaladas y un sinfín de otros guisos, pizzas y ensaladas en el almuerzo y por las noches los festines temáticos son el exhibicionismo de una cultura hotelera dedicada a impresionarte y hacerte sentir bien. Pero eso es lo básico, lo más importante es mi hijo y a él lo tratan como a un rey, el personal lo mima y festeja, los chefs le preparan su papilla de pollo con verdura y compota de fruta fresca todos los días, él lo está pasando como chancho en el barro. Probablemente nunca se recuerde de estas vacaciones por lo que tendré que enseñarle con fotos lo entretenido que estuvo en un lugar donde nunca nada le va a faltar y siempre cómodo va a estar, eso me da la tranquilidad de subirme a un bote e irme a bucear, olvidarlo todo y por lapsos de 45 minutos situarme literalmente en otro mundo, un lugar donde estoy sólo yo y mi respiración, pero eso es otra historia.

 
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