Sumergirse en los pequeños caminos de la Vega Central es gratificante para el espíritu y colateralmente para el organismo. En cada sector hay una espe- cialidad, en cada rincón hay algo único, siempre es entretenido andar una y otra vez a la sombra del gran galpón, detenerse a observar los colores y tomarse el tiempo de escuchar todo lo que pasa alrededor. La cantidad de información es vasta y cada se- gundo es una historia particular, riñas, piropos, amores, apuestas, todo mientras más atrás como en coro se oye “El chacotero sentimental”.

Ciertamente la calidad de los productos y lo cercano de sus precios llevan a enaltecer a la Vega bajo el alero de Dios. No son sólo verduleros los habi- tantes de este gran mercado de abastos, son también una gran familia. El orgullo de ser vegui- no. Las tradiciones se funden con sentimientos y son los matices del guachaca republicano que pintan los muros de este impara- ble pedazo de cielo.

A pocos pasos se encuentra el remodelado mercado Tirso de Molina que mantiene locales en su planta baja, pero en el segundo piso el comerciante se mezcla con comedores de variadas especialidades. El crisol de naciones que conviven me sorprendió, el tour gastronómico te puede llevar desde Perú a Colombia pasando por Ecuador y arrancándose a República Dominicana. Es graciosa la mezcla de locatarios, el sonar de otros acentos favorece la informalidad y un ambiente tropical.

Ese día en especial no estaba para investigar la gastronomía de otras etnias, tenía pegada en la cabeza la fotografía de una cazuela y como sabueso empedernido llegué de golpe a “Como en casa”, un comedor con vista al río, muy agitado y bullicioso en su justa medida. Ofrecen una amplia variedad de comida casera, buena y barata. Como diría un amigo: “Por un puñado de lucas puedes salir pochito”. Condición homogénea y característica del barrio, sin vacilar nos tenían bebiendo refresco y un joven con acento extraño nos indicaba la oferta. Mi mujer pidió reineta a la plancha con ensa- lada y yo...obvio, cazuela de vacuno. Un gordo librillo me trajo un enjundioso caldo con todas sus presas, justo lo que necesitaba, una recarga energética fuerte para seguir acarreando las compras. El tapapecho bien cocido daba el toque de calidad al plato, el resto a la altura de la carne. El pescado de mi amada sudaba frescura y era que no, si tienen el Mercado Central cruzando la avenida.

Qué gracia la de cocinar en ese cuadrante. Me da esa sensación de que estiras el brazo y obtienes lo que quieres, una despensa sin problemas de stock que está constantemente al servicio de quienes cocinan. Cosa más rica que gozar de la frescura del mercado más importante de nuestro país a diario. Cada vez que puedo llevo algún amigo extranjero a visitar el barrio y al unísono todos reflexionan... Esto es Chile... Lindo.