Escribo constantemente sobre Gabriela Mistral. Es que ¡qué gran poeta es ella! Afortunadamente las editoriales chilenas están siempre publicando libros que traen del olvido poemas y textos no tan conocidos o que han permanecido inéditos, y que permiten darles una nueva vida, presentarlos a nuevos lectores. Un ejemplo son las prosas de contenido político (Por la humanidad futura. Antología política de Gabriela Mistral) que Diego del Pozo editó con La Pollera: una gran muestra del pensamiento y reflexiones de Mistral. Ese trabajo impecable ha dado frutos en el sentido de la difusión de la prosa de la poeta; hace unos días la editorial tuiteó que habían leído Por la humanidad…  en un colegio.

Otro ejemplo es el texto que me convoca hoy: Almácigo. Cerca de 300 poemas que Gabriela Mistral no publicó en vida, ya sea porque quedaron en el olvido o porque consideró que no estaban listos para que vieran la luz; son, de hecho, las opciones que plantea Luis Vargas Saavedra, experto en el trabajo de la poeta y editor de este libro. En realidad, Almácigo no es un libro nuevo. Una versión original se publicó en 2008. Era un libro de gran formato, con ilustraciones; y no era una edición comercial. Yo muchas veces lo revisé en la biblioteca, pero, aunque hermoso, no facilitaba la lectura. Así que la reedición por parte de Ediciones UC en un formato accesible era una deuda, cumplida ahora en el seno de la Colección Arte y Cultura (cuyos títulos hay que tener presente también).

Es una edición más pequeña, pero no menos hermosa; la verdad es que no son necesarios los dibujos para ensalzar los versos aquí recogidos y organizados con base en las mismas categorías que Mistral utilizaba. Así nos encontramos con más locas mujeres y jugarretas, por nombrar solo algunas. De estas últimas, en los meses recientes me ha acompañado “Niña nueva”, ya que hace poco nació mi hija: “Novedad verdadera / y albricia brava, / hay una niña viva / que ayer no estaba” (116). Este poema, sencillo y emocionante, en que los versos se van deslizando con un ritmo juguetón, muestra también algunos de los usos que podemos reconocer en Mistral, como el del lenguaje coloquial: “Niña nuevita, / así estrenada” (116). Como me encuentro estudiando las poesías “de infancia” de Mistral, he centrado mi lectura más en esas. Porque una no simplemente se sienta a leer 300 poemas como quien lee la lista de los libros más vendidos. Y creo que esto es particularmente cierto en un texto cuya organización no fue definida por la autora. La lectura entonces fluye y este poemario-antología se va construyendo y reconstruyendo a medida de que un poema lleva a otro.

Destaco de momento algunos segmentos que nos hablan de los intereses de la poeta. Por ejemplo, la naturaleza (viva, exuberante, americana) está presente: “Ando metida entre raíces, / en nudos, ojos y en hebras perdida” (222). También lo está la preocupación de Mistral por la guerra, que nos muestra cómo su escritura era impactada por los quehaceres del mundo. De hecho, las dos guerras mundiales fueron un dolor para ella, que motivó escrituras y reescrituras de poemas, como “Ronda de la paz”, reformulado para la edición de  Ternura de 1945. Escojo los siguientes versos de “Guerra”: “No quiero andar la fea tierra / de la metralla recocida” (128). La elección del adjetivo recocida me interesa, porque si bien recocer se relaciona con el trabajo con el metal (es decir, sería un calificativo que habla de cómo fue hecha el arma), también apela a un uso más cotidiano para referirnos a algo que está mal, que se echó a perder, que no sirve. Y menciono por último la sección Mujeres griegas, en que Antígona, Casandra y Clitemnestra toman la palabra y se vuelcan en los versos desde el yo. Al escribir sobre estas mujeres, Mistral lo hace también sobre todas nosotras, del difícil camino desde la invisibilización patriarcal al pararse por sus propios medios, a pesar de todo. “Todo me amaba dentro de mi casta […] / Pero yo, para ser la hembra eterna / no amé el amor y he amado al enemigo”, dice Casandra (206).  Y Clitemnestra: “Siento como que va de mí subiendo / otra alma y otra carne […]”. Son voces poderosas y terribles mismo tiempo.

Elegir solo algunos versos de un libro que es abundancia me resulta insuficiente. Pero quiero apelar al título de este volumen. Vargas Saavedra dice en el prólogo que estos poemas están en elaboración, es decir, constituyen un almácigo. Como tal la reflexión solo puede ir creciendo con el tiempo: el cuidado del almácigo es seguir leyendo.

Mistral, Gabriela. Almácigo. Ed. Luis Vargas Saavedra. Santiago, Ediciones UC, 2015.

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