“…y la palabra era lo único que poseía”. Nos encontramos con ese verso en la página 102 de esta antología del poeta magallánico Rolando Cárdenas. Se trata de una línea apenas del poema “La visita”, en que la voz pareciera salir de su entierro, surgir desde debajo de la tierra en una última visita, en la que declara que su única posesión eran las palabras. El poema es parte de En el invierno de la provincia, publicado en 1963, veintisiete años antes de que Cárdenas muriera en la pobreza; aunque ya intuyendo qué era aquello que tenía de valioso. Emerson escribió: “Hay en el horizonte una propiedad que ningún hombre posee, sino aquel cuyos ojos pueden integrar todas las partes; esto es, el poeta”. Y pareciera que Cárdenas, este poeta emparentado con el larismo de Teillier, se conecta con esa cita de Emerson que tiene casi 200 años. Y aquí tomo otra cita, pero de Teillier, comentando su visión sobre Cárdenas: “…tenía su mundo mental de Magallanes, pero de un Magallanes metafísico. No era totalmente anecdótico. Era el hombre de la soledad, de las grandes extensiones” (120). Efectivamente, Cárdenas podía ver más allá de la propiedad anecdótica sobre el paisaje; después de todo tenía claro que lo único que tenía y que se queda son las palabras.

Estas palabras de Cárdenas, entretejidos en versos, nos llegan a través de un preciso y profundo trabajo antológico realizado por Juan Carlos Villavicencio y Carlos Almonte. Es un libro bien pensado, pero también realizado con admiración. Se nota en la forma en que fue compuesto, iniciándose con un prólogo de Ramón Díaz Eterovic, en que recuerda, entre otros momentos, su primer encuentro con el poeta en 1980. “Su consejo más reiterado era acercarse a la poesía con seriedad, sin precipitaciones…” (11), escribe Díaz Eterovic, un consejo al que se puede echar mano cuando se lee esta antología. Luego nos encontramos con selecciones de Tránsito breve (1959), En el invierno de la provincia (1963), Poemas migratorios (1974), Qué, tras esos muros (1986), y Vastos imperios (póstumos). Le sigue una selección de fragmentos de poemas, dos entrevistas y las palabras finales de Teillier.

Sus poemas, efectivamente, se mueven desde Magallanes; pero dan cuenta  no de una geografía, sino de la voz poética que se construye en ella, que emerge continuamente junto a la idea de la posesión, de lo que tenemos y somos en vida: “Donde quedó nuestra sombra, / está hoy lo único que poseemos”  (84). Destacan en esta selección los poemas de Vastos imperios, que contrastan con el resto de la obra, primero visualmente, ya que en general se trata de poemas muy cortos, algunos apenas de tres versos, como “Pájaros sibilantes”. Más allá de lo que aparece como obvio al ojo, el ritmo se hace más ágil, si bien, el poeta sigue explorando su voz a través de la naturaleza, yendo a ella y volviendo de ella.

Resulta atractiva la sección “Trizas”, con su selección de versos. Una lectura continuada hace pensar en un solo y gran poema, coherente en su contenido. Los editores nos llevan así por un paseo por la poética de Cárdenas, introduciendo especialmente al lector que lo conoce por primera vez. Cuando una se enfrenta a una antología se pregunta justamente eso: ¿es posible conocer al poeta a través de un grupo de su obra? Diría que, por un lado, no basta un poema para conocer a un poeta; cada verso, cada estrofa, cada imagen van constituyendo una voz rica y que no se agota en una sola lectura. Sin embargo, el esfuerzo de El viajero de las lluvias, la forma en que fue concebido y, finalmente, editado hacen de este libro más que una carta de presentación de un poeta que debería leerse más; constituye un viaje en sí mismo.

Columnas y reseñas de libros en http://buenobonitoyletrado.com/

Cárdenas, Rolando. El viajero de las lluvias (antología). Juan Carlos Villavicencio y Carlos Almonte (Eds). Santiago: Descontexto Editores, 2015.