El protagonista de Mañana, la nueva novela de Gonzalo Contreras, vive completamente fuera de la realidad. Al hacerse cargo de narrar su supuesta historia de amor, Antonio Marsante parece, a ratos, delirar: ha construido toda una relación a partir de un encuentro furtivo en una escalera, apenas un beso insinuante con una mujer a la que no conoce, pero en torno a la cual decide levantar toda un relato, en el que asume intenciones, deseos, expectativas. Marsante se cree enamorado de Esther, una mujer casada, con hijos, apenas unos años mayor que él. En su relato no hay evidencias ni hechos, solo conjeturas, esperanzas. Así uno de los aspectos interesantes del texto es cómo da cuenta de una relación en realidad inexistente y cuya contraparte, Esther, aparece ya bien avanzado el libro. Logra, de hecho, constituirse una suerte de suspenso: ¿tienen algún sustento sus deseos?, ¿se encontrará alguna vez con Esther?, ¿se dará cuenta de que en realidad está metido en un triángulo amoroso, que incluye a Anabel, su amiga de infancia?

El problema de Antonio Marsante es que es un siútico. ¿Es el objetivo del autor o es el resultado de la narración? El extenso soliloquio en que Marsante se devana los sesos tratando de justificar su existencia llega a ser insufrible. Sus oraciones son eternas y enrevesadas; repletas de adjetivos (y no siempre en el orden correcto) y de frases intercaladas. El libro parte con un epígrafe de Las flores del mal de Baudelaire que está, en realidad, bien escogido, porque permite darnos cuenta de que el narrador protagonista pretende ser más de lo que es. A pesar de trabajar en el BID y estar, aparentemente, más entrenado en el ámbito de la política internacional, se cree un poco Baudelaire y desliza su interés por la literatura y el arte, como si se tratara de un gran experto; lo que es bastante pedante. Pero lo cierto es que no importa cuántas palabras y fórmulas se usen para decir que el cielo es azul; eso no cambia que simplemente se está haciendo alusión al color del cielo. De muestra: “Su rostro no se agitaba para hablar, sus facciones permanecían inalterables, no hacía uso de énfasis faciales, y si decía simplemente ‘adoro el mar’, como un pensamiento arrancado de su inconsciente, no cabía ni aprobarlo ni compartirlo ni refrendarlo con ningún comentario redundante, porque era lo que ella sentía, y, aunque no fuese original, era un pensamiento tan puro que en su boca llegaba a parecer novedoso, como un hallazgo reciente y que hubiese hecho por sí misma sin la menor elaboración” (37). En el libro corresponden a nueve líneas. Reitero al respecto: ¿el autor está formando a propósito a su personaje a través de estos pasajes interminables y complicados sin necesidad? Si fuera así, habría conseguido construir a este personaje que quiere seguir en las ensoñaciones de su adolescencia, un esnob, un siútico. Pero no me queda del todo claro.

Más allá de las palabrerías de Antonio Marsante, Mañana es una historia simple. Y aunque habla de relaciones, no me parece que sea un texto sobre el amor ni sobre las relaciones: el protagonista está demasiado imbuido en sí mismo. Además, difícilmente podría entregarnos un retrato más o menos confiable de las mujeres a las que conoce, por cuanto su discurso es consistentemente sexista. Prácticamente todas las mujeres que aparecen son frívolas y superficiales o dicen cosas como “Me voy a una isla, en Oceanía, donde sea, donde haya unos aborígenes nobles y altivos, de mirada de piedra, que me violen […]” (208). El relato transcurre a comienzos de la década de 1960. Y aun teniendo en cuenta la fecha y que Chile se mantiene como un país machista, el que una de las protagonistas manifieste su deseo de que la violen (en dos partes del libro) es denigrante. 

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Contreras, Gonzalo. Mañana. Santiago: Editorial Planeta, 2015.

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