“Ahora, entre las ruinas, es la tinta la única que resiste la embestida de la ausencia” (“The Poet Acts”, p. 9). Esta línea pertenece al primer poema de The Hours, uno de los textos de Juan Carlos Villavicencio sobre los cuales escribo en esta oportunidad. Y digo líneas, porque estos poemas están escritos en prosa. Ante esto planteo dos recuerdos. El primero corresponde a una clase sobre poesía: un alumno me preguntaba cómo sabemos si estamos leyendo poesía cuando nos encontramos frente a un texto escrito en prosa. El segundo es un recuerdo sobre mi hijo, que en kínder tenía que identificar por qué las palabras que estaban desplegadas en su libro eran una poesía. A mi hijo le habían enseñado que la poesía se escribe en versos, es decir, en líneas relativamente cortas: el poema se extiende hacia abajo y no hacia el costado. Pero, como bien intuía mi alumno universitario, eso no es suficiente. La poesía trata de la construcción de imágenes, del decir para connotar, de un ritmo distinto al de la narrativa… Podría seguir en esa lista, por supuesto. Y hago esta suerte de breve introducción porque la prosa poética no es común, no lo es en Chile, al menos; tampoco en las clases. Los poemas de Villavicencio son breves, a veces apenas un par de líneas, extendidos hacia el lado. Pero lo que semejan no es un texto narrativo, sino el paso de las horas, constante. Entre las ruinas, en la ausencia, las horas no dejan de pasar, no nos esperan; se despliegan en forma constante como las palabras de estos poemas, que no se detienen en cada línea, sino que se extienden hasta el punto final. Porque si en algo tiene razón la voz de estos textos es que la tinta es la única capaz de resistirlo todo.


The Hours está inspirado en la obra homónima de Philip Glass. El título de cada pieza de la obra musical es también el título de cada uno de los poemas. Pero esto no se trata de una poetización de la música ni tampoco de una relectura poética de la novela de Michael Cunningham (o de la película de Stephen Daldry). Villavicencio no se engolosina con los intertextos, sino que son el punto de partida para una obra propia, personal, en que podemos adivinar una historia de pérdidas, de lejanías, de dolor; en que la voz poética trata de reconstruir algunos pocos recuerdos, algunas pocas emociones que todavía logran escapar de los despojos, del paso de las horas a tal punto que la voz llegará a decir, finalmente, que “La ausencia ahora es necesaria” (p. 35).


Una imagen que aparece una y otra vez en The Hours es la del espejo, desde uno de los epígrafes que cita justamente a Cunningham, quien advierte que “el espejo es peligroso”. Breaking Glass es el título del segundo poemario del cual hablaré. Se trata de una obra firmada en parte por Villavicencio y en parte (de hecho, la otra mitad, partiendo desde el lado opuesto del libro) por Carlos Almonte. El libro como objeto nos remite de inmediato a la idea del espejo y de su reflejo contrario. También se trata de poemas escritos en prosa, lo que nos habla de una poética por parte del autor. La imagen del espejo se relaciona aquí con la ausencia: “El espejo de uno mismo, de aquel cadáver que no aceptamos saber muerto i que respira […]” (31). Ese es el espejo peligroso, el que guarda apenas una sombra de lo que somos, de lo que vivimos, de lo que experimentamos. Y cuando este espejo se rompe, ¿qué resta? Apenas la certidumbre de que solo era un reflejo. En su poema “Mirror”, Sylvia Plath escribía: “La mayor del tiempo yo medio en la pared opuesta”. Y aunque su espejo es plateado y exacto, nos da cuenta también de un reflejo –un recuerdo, una sombra, una ruina– que no puede asirse.


Por supuesto el título del poemario nos habla de un cristal, no de un espejo. De un cristal roto. Es fácil traer a la mente la idea de “en caso de… rompa el vidrio”. Lo que encontramos del otro lado del vidrio es la otra parte del poemario. Pero no debemos olvidar que un cristal, un vidrio o un espejo roto dejan múltiples restos desplegados en el suelo, como en la canción de David Bowie: “Baby, I’ve been / breaking glass / in your room again”. Pero mientras el hablante en la canción dice “No mires la alfombra”, que asumimos ha recogido en ella todos los pedazos esparcidos; estos poemarios nos invitan a mirar el suelo, a ver los restos del cristal, a leer los restos del cristal. Mientras Villavicencio lo hace insinuando, Almonte utiliza un lenguaje más concreto: “Un respiro que se pudre, además del viento y la sombría lluvia que se pierde entre los que ya se han ido” (31). ¿Cuál es la imagen real y cuál es el reflejo? Los dos y ninguno. En palabras de Villavicencio: “El espejo ya invertido revive la posibilidad de otros fuegos que se ciernen como actos de fe” (44). Así el objeto se convierte en reflejo y el reflejo en objeto, esparcidos en poemas que fluyen, se extienden y, aunque hablan sobre los restos y la ausencia, se resisten a ambos ofreciendo nuevas posibilidades, nuevas lecturas.

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The Hours. Juan Carlos Villavicencio. Santiago: GrilloM, 2012.
Breaking Glass. Carlos Almonte y Juan Carlos Villavicencio. Santiago: GrilloM, 2013.

 

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