Chile es una nación de elefantes; nacemos amarrados y por eso sentimos que es imposible soltar nuestras cadenas a pesar de tener toda la grandeza para hacerlo.

Muchos de nuestros niños están amputados de los sueños, algunos desde su nacimiento. Según un estudio del Injuv, sólo el 23% de ellos se siente capaz de lograr sus objetivos. El resultado es que estamos creando personas infelices y aún no caemos en cuenta que cuando un país lo hace, se destruye a sí mismo.

Tres millones de chilenos padecen de depresión -lo que nos convierte en el lugar más depresivo del mundo-.

Lo invito a hacer el ejercicio de mirar a quien va a su lado en el Metro o a quien lo cruza en la calle. Verá, con un ciento por ciento de seguridad, más caras largas que contentas. Porque si alguien canta, baila o se ríe solo en público lo encontramos raro, nos incomoda.

Por eso admiro a la selección chilena de fútbol, porque en un día es capaz de hacer lo que pocas políticas públicas han logrado en nuestra historia. Un país embriagado de felicidad y con la sensación de haber cumplido una meta.

Un fenómeno similar se puede ver en aquellos que aman lo que hacen, esos privilegiados que viven de su pasión. Porque eso huele más a prosperidad, la emoción de alcanzar un objetivo y el encontrar algo que nos satisface por completo.

Dicen que la felicidad es cuando la vida que soñamos coincide con la realidad. El problema es que nuestros sueños cada día están más restringidos por la falta de oportunidades. A pesar de eso, aún es tiempo de revertir esta situación, de volver a ser el país que avanzaba hacia la justicia y el desarrollo. De construir un nuevo ideal colectivo y de permitir que las nuevas generaciones tengan la oportunidad de sonreír al caminar.

Y no con la intención de usar un cliché, digo firmemente que la principal solución está en la educación y la esperanza en nuestros niños. A estas alturas ya es claro que no es en la gratuidad donde encontraremos la respuesta, la clave está en la sala de clases. Ese espacio reducido donde los profesores somos tan poderosos como para transformar vidas, promover las altas expectativas y crear una nueva realidad.

Por eso esta columna va dedicada a todos esos chilenos valientes que han sido capaces de romper los mitos, que ante todo obstáculo y casi nulas oportunidades han cumplido sus sueños. Aprovecho también la ocasión para homenajear a todos los jóvenes que han sido parte del programa que presido -Yo elijo afterschool- y que han demostrado que con esfuerzo y determinación es posible ganarle al destino.

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