Después del triunfo de Chile, he pasado buena parte del lunes, martes, miércoles, jueves y hasta hoy día, leyendo las columnas escritas respecto al triunfo de la “Roja”. He leído comentarios, entrevistas y análisis. He visto una y otra vez los penales relatados por chilenos, argentinos, mexicanos y españoles. Debe ser una forma de prolongar la felicidad, de subirme al carro de la victoria, de alargar esa sensación tan buena de ganar. Yo además vengo de la generación de los fracasos deportivos -reconozco que siempre creo que vamos a perder-, entonces la alegría es doble.

De todo lo que vi, lo que más me atrajo fue una columna de un diario inglés. Su título aludía a los "predadores" chilenos. A la selección chilena como un constante sistema de ataque, de ir al frente. La columna -del diario The Guardian- además elevaba a la selección nacional a un estátus distinto dentro de América Latina. Comparaba incluso a la “Roja” y lo que provoca su juego, con las históricas selecciones del continente que son Argentina, Brasil y Uruguay.

Es en ese punto donde rescato lo más valioso -para mí- de esa columna. Destacaba el trabajo colectivo de Chile. Sostenía literalmente que Chile funcionaba más como una "manada de lobos" que como un cazador solitario. Y explica. La “Roja” tiene individualidades muy potentes, pero alcanza su máxima expresión, su máxima potencia, su máxima capacidad de juego cuando actúa como grupo, cuando no sobra ninguno, cuando es un cuerpo compacto. Y allí, el autor de esta columna marca la gran diferencia con las otras selecciones. En esta Copa América Centenario, la selección chilena logró jugar como un colectivo y no destacando sus individualidades como lo hicieron los otros. Juntos fueron más que cada brillante jugador por separado.

¿Por qué no aplicamos lo que hace la “Roja” al país? ¿Cuánto sería mejor Chile si actuáramos en colectivo, en comunidad?  

Hoy somos una sociedad que vive y reverencia lo individual. Que teme a lo colectivo y comunitario. Que incluso rechaza lo colectivo porque aparece como trampa, como subversivo. Que se inclina siempre por lo privado en desmedro de lo público, donde lo privado aparece como mejor -cuando NO es cierto- y lo público como lo peor. Confiamos sólo en nuestra capacidad y nuestra familia (así lo sostienen las encuestas de calidad de vida) y desconfiamos del resto. De los vecinos, de los otros ciudadanos, de las instituciones, del gobierno, de los políticos y un largo etcétera.

Es tan feroz que en los colegios se premia a los mejores, estimando que son los que obtienen mejores calificaciones. Se habla de excelencia, de los mejores del curso, de logro. Pero no se habla de verdadera comunidad escolar, de solidaridad con el otro, de premiar no sólo al mejor, sino que al que ayuda a otros a ser mejores. No se habla de solidaridad, se habla de competencia. ¿Cuán diferente sería el sistema escolar si cada curso se mirara a sí mismo como un colectivo, como un todo? Que cada colegio hiciera comunidad. Qué los vecinos nos sintiéramos una comunidad fuerte que puede enfrentarse a las autoridades.

Sin duda que juntos, en colectivo, somos mucho más. Pesamos más. Y ejercemos más influencia. Ahí entiendo porque hoy el colectivo, lo comunitario, se vuelve una amenaza, es subversivo.

Los humanos somos gregarios. Construimos sociedad. Somos ciudadanos y no sólo clientes. Valemos por lo que pensamos, sentimos, vivimos y no sólo por lo que tenemos; aunque hoy Chile nos trate sólo como a consumidores.

La “Roja” nos muestra el poder del colectivo. ¿Estamos dispuestos a tomarlo?

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