¿Cuándo van a entender que ya crecimos? ¿Cuándo comprenderán que no nos hacen tontos?

Ya casi todos nos damos cuenta del truco.

La cosa es así: sales del colegio. Te dicen que si llegas a la universidad tendrás un futuro. Vas a la universidad o compras tu cupo en ella, basado en la promesa. Cumples con el proceso. Sales con un departamento en contra en crédito. Llegas a una oficina a tratar de recuperar el dinero que te quitaron a cambio de una “educación” o algo parecido a ella.

En la oficina no está lo que te prometieron: no está el sueldo. No están las oportunidades del comercial. Comienzas a sentir dolor. Postulas a algo nuevo para mejorar, pero tienen una sorpresa para ti: ahora tienes que volver a la universidad.

Ahora lo nuevo es el diplomado. O el MBA.

Y así acumulas millas en el “HatePass”. Hay varias formas de cobrar el dolor en esa tarjeta.

Unos toman la apatía como vía: culpa de falsos impulsores del odio, que se aprovechan de la inteligencia de la gente haciéndolos “sentir mejor” por “no estar ni ahí, se quedan en sus casas y no votan, no opinan y no toman opción. Creen que es algo bueno estar contra algo que no entienden. Optan por ladrar y no informarse, cuestión que obviamente sólo provoca que ganen más espacio las ideas que están en contra del avance lógico de las cosas.

Hay unos que se encapuchan: rompen sin control y hacen daño a gente que no se lo merece. Porque finalmente el gran error de los violentos es pensar que el quiosquero es quien controla toda la información. Se van contra sus pares: por miedo, cobardía o comodidad. Por eso su método no funciona.

Obviamente todo es culpa de una cultura que nos desprecia. Esa que habla de la “excelencia”: ¿hay gente más excelente que mi vecino porque fueron a universidades extranjeras o colegios caros?

¿Son más excelentes porque son más blancos o más altos?

Eso es racismo y clasismo, que encima sólo ayuda a separar la sociedad.

Lo triste es que te han convencido de que “el problema es que eres flojo” y sinceramente tú no eres flojo. Te despiertas en la mañana a pelearle a un transporte público que no te respeta ni te dignifica.

Y lo peor avanza cuando pones el noticiero.

A veces los noticieros dan noticias. Uno espera que por el título, la musiquita y los tipos con traje, las pasen. Y a veces, como una sorpresa, sucede.

Entre el perro que baila en Youtube y el nuevo modelo de trompo electrónico que gira pero ilumina la pieza salen. Tu hijo quiere uno de esos trompos. Probablemente no lo quiera porque le guste: lo quiere porque lo tiene otro. Tu hijo crece en un mundo donde todos compiten contra todos: un país donde el vendedor de autos cree que puede ser mejor que el futbolista y el futbolista quiere ser mejor que el actor. Lógicamente esto pasa porque nos convencieron que todo es competencia.

Y mientras tanto, nuestra solidaridad se ha reducido, por desgracia, a limosnas.

Cuando hay que construir, cuando hay que ayudar, existen “los ejemplos”. Y por desgracia ¡son los menos! por eso destacan.

Debería ser común pensar en el otro.

Y esos otros, los que tienen el poder o los que aspiran, nos tratan como si tuviésemos siete años mentales: su oferta es “o la mamá” (como si necesitáramos otra) o “la rana René” cantando en un video de Internet. Aspiran a carteles donde salen letras de colores como si “la ternura” fuese un factor para decidir. Atrasan feo: el movimiento estudiantil hablo como adultos y los diputados se ríen e insultan como si fuesen niños.

Nos están tratando mal. Todos. Y no se están dando cuenta. ¿A qué quieren llegar? Dejen de herir a Chile.

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