HidroAysén estaba cocinado hace rato. El proyecto, impulsado por la Concertación y finalmente aprobado en el gobierno de la Alianza es un puntal clave en la política de desarrollo económico del país. Ese es el discursooficial y los dos bandos estaban de acuerdo. Esto es una cruel verdad que tú y yo tenemos que asumir. Y qué pensar para el Chile del futuro, porque al final votamos nosotros. Si estás inscrito, por supuesto. Si no lo estás no cuesta nada: las oficinas del registro están abiertas y elegir a quién te represente se hace una vez por año. Nada más. Es como ir al supermercado un mediodía el domingo: es tedioso, pero aquí estás tomando una decisión que te permite dejar de estar pateando la perra porque aprobaron un proyecto con el cual no estás de acuerdo. Y si tu representante te mintió, ya sabes dónde encauzar tu rabia.

Ahora, hazte la pregunta: ¿por qué no te gusta HidroAysén? Si eres experto en represas, salta el párrafo. Voy a ser subjetivo: a mi parecer, uno de los más influyentes factores sobre la impopularidad de HidroAysén, como lo fue Punta de Choros, porque te da la impresión de que donde van a poner ese monstruo, pudiste haber pasado por ahí en algún momento. Tú o tus hijos. Es un lugar que existe en nuestro inconsciente, en las clases de Geografía o en los artículos de las revistas de viaje. Todos los proyectos que conmueven a grandes masas tienen ese punto en común. Por desgracia no sucede lo mismo con los pequeños pueblos que están cerca de yacimientos. A esos, la prensa, los tuiteros, los medios, los olvidan rápido.
 

Esos medios también te deben tener enfurecido y lo entiendo: nada más vergonzoso que el noticiario del canal público, haciendo por supuesto lo que nos tiene acostumbrados: ser todo, menos eso, un canal público. Cuando al final todos esperábamos un móvil desde Plaza Italia, con la locura policial desatada (¿bombas lacrimógenas en el Metro?) apareció un sonriente Claudio Fariña anunciando la espera por la final de Factor X. ¿El resto? Más tiempo le dedicó a la boda real, con excepción de la CNN, que a un hecho que sucedía metros más allá de donde están instalados.

¿A qué miedo a infor­mar de verdad responde todo eso? Tengo mis dudas: creo que más que un susto o un "no les importa" a esta altura hay una flojera de responderle a un público con un poco más de cabeza. Aunque existan cientos de zombies no somos pocos los que sentimos pudor de te­ner que pedirle a la gente en el timeli­ne de Twitter más datos que a los pe­rio­distas que nos han vendido "pluralismo, transparencia y sensibilidad con el público" durante los últimos años, en grandes carteles donde cruzan los brazos.

Al día siguiente del gran movimiento, también vi un poco de progresismo de última hora con gente criticando LUN. O sea, perdiendo el tiempo, ya que si de Las Últimas Noticias esperan el New York Times están en el horno: deberían exigir a quienes les venden "miradas" que se las entreguen.

Y es ahí donde nuevamente me encauso sobre las redes sociales: es verdad, estamos en la "dictadura de lo transparente", como expresaba el podcast "Abajo el amor" de José Miguel Villouta esta semana. Pero si queremos vivir así, jugando a la fantasía adolescente de las "manos limpias", un mundo en el que sólo los quinceañeros pueden gobernar es una obligación tener representantes independientes. Aunque duela "entregar el poder de muchos" a un solo responsable, o un grupo. ¿Los tenemos en Internet? ¿Dónde están los universitarios, bien formados para poder responder a esta necesidad? Hoy, muchos ya no tienen "patria" por decir de algún modo a la posibilidad de votar y sentir que son parte de un proyecto. Creo que ahí es donde está nuestra madurez pendiente para poder sacarnos de encima lo fácil que es engañarnos a todos. ¿Saben por qué? Porque si esto lo hacía la Concertación, ni nos hubiésemos dado cuenta. Hubiese sido mas sutil (A ti te hablo Hinzpeter: no era necesario salir a decir que era necesario) y eso es lo más duro: agradezcamos que este Gobierno, entre la torpeza, aún no aprende a mentir bien.