Coincidirán conmigo que es difícil regular las reglas de la sociedad de un país en específico. Los caracteres, las opiniones y las condiciones en que las personas se desarrollan presentan matices. Haciendo la extensión al mundo, la situación se vuelve aún más complicada.
El espíritu de Internet es anárquico. Cada herramienta puede ser utilizada a merced del usuario. Un ejemplo es Twitter: hay personas que critican las frases de sus seguidores y hay otros que discuten. Existen los que alaban y los que sólo insultan. Cada uno de los elementos participantes puede decidir si usar una red social para colaborar con alguna causa justa o funar a un televidente de reality show. ¿Qué es bueno y qué es malo ahí? Definir lo malo quizás terminaría por coartar la infinidad de opciones y de eso un paso para violar la libertad de expresión de un grupo para tranquilizar a otro.
El problema es que la industria del entretenimiento, donde se desarrollan muchos de los contenidos que terminan flotando en la red no es caótica, sino más bien tendió, con los años, a transformarse en un laboratorio aún más cerrado: las boy bands, como fenómeno de éxito son completamente distintas a Justin Bieber, que responde plenamente a su época: este último nace de una madre que sube sus videos a Youtube. En cambio, Backstreet Boys nace de un casting para dejar contentas a cientos de niñas con su primera menstruación que viven distintos estilos de vida y consumen cosas de acuerdo a los ingresos de sus padres.
El punto es que en los Backstreet Boys hay muchísimos intermediarios: desde el productor hasta el director de la discográfica pasando por el centro de estudios y los encargados musicales de las radioemisoras, los Djs y los presentadores.
En cambio para ser una estrella en Internet sólo necesitas que la misma gente hable de tu producto, el que encima está subido a un lugar gratuito. Con ese sólo cambio dejaste sin trabajo a un montón de gente: el mercado es cruel, la Internet también.
Y es que Internet es de algún modo el disparo en el pie del libremercado: cientos de contenidos dispuestos a consumirse por miles de pequeños nichos, generan consumidores coordinados para hackear la estantería, no pagar un peso y encima no verse como delincuentes. Sucede el mismo fenómeno de la política: cuando no son violadores de derechos de autor, frente a una tienda, pasan a ser “consumidor objetivo”.
Estados Unidos quiere regular eso a como dé lugar, porque parte de su economía y la expansión de sus ideas depende de los contenidos culturales que ofrecen.
El punto es que Megaupload (no existente) y sus clones rompen esa lógica: un fan de un dorama japonés en Centroamérica puede bajar ese contenido sin ni siquiera pasar por un canal de televisión por cable y mirando la tanda comercial del país de origen, donde con suerte reconocerá los colores de Coca-Cola, para dar un ejemplo.
Cada uno ha podido crear su propio universo en Internet, lee lo que desea y se comunica con los que gusta. Tanto es así que la tecnología ha redefinido a mi parecer el concepto de familia: elegimos a quienes ver y querer más seguido. Y yo siento que eso es una mejora notable.
Y es que finalmente el gran desafio para todos los que trabajamos en el mundo de la entretención (me incluyo, soy productor y desarrollo contenidos como el que lees acá) es valorizar el compartir, cosa que toda la vida se despreció. ¿Qué precio tiene que yo te entregue un link? ¿Qué precio tiene que publique en mi facebook un pdf?
Puede ser invaluable para el espíritu de muchos, pero para el egoísmo de la compra y la venta no existe.
Y es ahí donde todos tenemos que ser más internet que medio tradicional. Finalmente no es el público el que se debe definir en base a los parámetros de industria, si no los creadores de contenido pasar a bailar el ritmo de la gente: es más honesto y pulcro.





















































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