“¿Qué fue Donald Trump?” se preguntará el historiador del futuro. Quizás sea la definición de una rebelión de los cabrones. De esos que quieren que el mundo siga siendo cómodo para el que ha tenido privilegios por ser quien es. Ése puede ser un hombre, heterosexual, blanco, confundido por la pérdida de un poder que le dijeron en casa, sus padres, que tendría sólo por eso. Sólo por ser. Horadado por el avance del poder femenino y despreciado por “los políticos de Washington”, como las cadenas reaccionarias perfil Fox News rezan día y noche para que la gente se indigne más y no vea puente alguno, la lógica Donald Trump gana adeptos en el mundo, porque es un llamado desesperado ante la extinción de las seguridades per-se. 

¿Hay Donald Trumps locales? ¿Donald Trump es populista? Sobre lo primero, hay quienes sienten que puede pasar. Que entre tanto conservador escondido y aburrido de las patadas de los “políticamente correctos”, se esconde quien erigirá una alternativa, aliada con los desposeídos del modelo para ir por todo. Sobre lo segundo: ya cualquier cosa es populismo. Por tanto, es enredar el asunto. 

Para mí, Donald Trump es un outsider del de siempre. Del barrabrava. No tiene moral, porque sabe que hay mucha gente que le importa un pito tenerla. Es el exponente de la mayoría blanca que se siente postergada y ha perdido trabajo en la industria de servicios por alguien que quiere la oportunidad y es infinitamente más barato. Es el que han llamado “redneck”. Es al que han llamado roto. Es al que ya ni miramos porque no nos gusta su tono cuando nos toca la bocina furibundo en el taco. 

Donald Trump es Homero. Ésta es su última venganza. Es su llamado desesperado. Trump no compite por ideas: lo hace por gritos. La sociedad completa a la que todos pertenecemos lo escuchamos y observamos porque es Trending Topic. Porque es el Godzilla de nuestro espíritu progre. Porque al final es nuestra batalla cultural encarnizada en un tipo que ni gasta en la campaña. Sólo llamada a la identidad. A lo primigenio. Donald Trump es el aliado perfecto del Isis, pero desde el otro lado del océano: desde el capitalismo salvaje, profundo y sin ninguna clase de respeto por el oprimido. Él no quiere globalización: él quiere que todo vuelva a girar sobre Estados Unidos de América. Que “América vuelva a ser grande de nuevo”, cuando en realidad, esa América que es del norte no existe. Cuando los niños de menos de dos años en Estados Unidos en su mayoría no son blancos. Trump es la desesperación 

Donald Trump tiene la ética del sicópata que te convence que lo mejor es envenenarte de odio para poder salir adelante y simula una falta épica. Estamos rodeados de ellos, de gente que ha visto demasiadas películas tipo “en busca de la felicidad” y ya está desesperada por el turno, en vez de comportarse como humano. Están ahí, esperando que la ruleta les llegue a ellos. Pero no llegará. Mientras tiene tantos complejos (es un hombre solo, reza el New York Times) tiene la estética del poder y lo dorado. De un casino. Un casino que a la vez no es juego, es trampa y en que podemos perder todos entre tanto culto de la ignorancia, el odio y el desprecio al otro. 

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