Ayer murieron dos carabineros. Hace una semana falleció Daniel Zamudio. El miércoles apuñalaron a una embarazada. Y un supuesto neonazi tuvo la desfachatez de entrar a la casa de una chica lesbiana y clavarle un cuchillo. 
 
Hay gente que se indigna por las restricciones en el estadio. Sostiene que será aburrido. Que no habrá pasión. Admitamos por lo menos el desborde y retrocedamos en el tiem­po: octubre de 1990. Barristas de Co­lo Colo golpean a un hincha de Unión Española. ¿Su nombre? Danilo Rodríguez. ¿Su edad? 17 años. ¿Algo que contar? Sí claro. Tenía Síndrome de Down. ¿Ha mejorado algo desde 1990? Nada. El partido lo ganaron los violentos.
 
La sociedad está siendo vencida por la violencia. La violencia verbal y sin sentido. La puteada gratuita al chofer de micro pensando que afectas al poder. El comentario lleno de resentimiento por no poder ir a algo o no ser parte de una cosa. El dueño de la pizzería evadiendo sus responsabilidades acusando al rating. El detestar al distinto. El calificarlo por que no te gusta como es violencia pura. 
 
Una columnista de El Mostrador es violenta. Es violenta cuando es­cri­be que la desigualdad no es pro­ble­ma o sostiene, la misma noche en que muere Zamudio, que lo que lleva es una anomalía. Gente que piensa que una anomalía, al igual que ella, mató a Zamudio queriendo “corre­­­gir­­­la”. Finalmente, son mortalmente parecidos en su forma de ver el mundo.
 
El abogado Jorge Reyes es violen­to. Siempre lo ha sido. Sostuvo que lo mejor era que a Zamudio lo echaran de su casa. 
 
Ellos sostienen que nosotros so­mos intolerantes al no tolerar su in­tolerancia. Es su viejo truco. Como comediantes insensibles, como guasones sienten que nada tiene más peso que sus palabras añejas y que todo es relativo. Ellos creen que noso­­tros, los que creemos en la libertad, podríamos optar por tomar su cami­no y ser tan buenos como ellos. Ellos, que recurren al viejo verso apenas pueden de “quieren dividir al país” siempre están dispuestos a herirnos si no queremos ser parte de una masa amalgamada, cohesionada en historias de ficción. 
 
Existen quienes militan en la violencia basada que es la forma de cam­­biar las cosas, y muchos, me in­clu­yo a veces, caemos en su trampa. Caemos de calientes, caemos de heridos.  Lo único que tenemos nosotros, los que piensan en la libertad y no creen que haya que restringir creencias es razón. La razón nos salvará.
 
Nos salvará la razón de darnos cuenta que toda violencia está inspirada en los más bajos valores humanos y que la discusión engrandece. Nos salvará como país si logramos de una vez por todas, desde pequeños, frenar lo agresivo. Detener al vio­len­to en el colegio con sus compañeros, parar esa cultura de creer que decir que algo está mal es sapear. Debe­mos dejar de encubrir las injusticias. Debemos dar la cara y juzgarnos los unos a los otros por hacernos daño.
 
¿Tenemos un país increíble y no podemos parar a los violentos?
¿Por qué dejar que avance?
 
Si nos paraliza el miedo, sólo ten­go una cosa que decirles desde esta tribuna: más vale perderlo, antes que perderlo todo en manos de los que nos desprecian y nos quieren dejar acorralados y asustados.
 
Piensa. Estas elecciones está todo en tus manos. No dejes que te con­trole esa sensación de que nada va a cambiar. Nosotros tenemos que dar la pe­lea. Tenemos que informarnos. Tenemos que ir a decidir. Esos tipos nos deben representar. Si te da miedo algo, si te produce dolor ser distinto, si quieres validar la diferencia, tienes que saber qué piensan los que están ahí. Tenemos que hacerlo no sólo por nosotros. Si no por nuestros amigos y nuestros hijos que tienen que tener cómo defenderse de los que pierden la razón. Es la única esperanza.