A ti que vas en el Metro te bombardean con constantes imágenes de personas carenciadas, que extienden su mano con variadas necesidades. Y eso te preocupa, sobre todo las personas que no logran una atención hospitalaria digna, adecuada y oprtuna. Probablemente también te preocupa la educación, la calidad de ésta, el acceso universal a todos los niveles de enseñanza  y sin diferencias en el nivel socioeconómico de las personas.

Y si bien en nuestra sociedad democrática la forma de opinar e intervenir en la vida pública es a través de las elecciones, hay otras formas donde podemos aportar a que nuestro mundo sea mejor.

Hay un midrash (antigua enseñanza del pueblo de Israel) que dice que un griego se le acerca a Rabi Akiva y le pregunta:
- ¿Dios quiere a los pobres?

Y Rabi Akiva responde:
- Por supuesto que sí, Él está con los necesitados, los dolientes y los hambrientos.

Y el griego le pregunta nuevamente
- ¿Entonces por qué no los alimenta?

Rabi Akiva responde sabiamente, diciéndole que sÍ los alimenta. ¿Cómo? A través de nuestras manos.

Dejar todo en un Dios benevolente o dejar todo en las decisiones del Estado no es lo que se adecúa a nuestra condición humana. Tiene que surgir de nosotros la ayuda solidaria, pequeña, que claramente no terminará con la pobreza estructural ni con las dificultades del área de la salud, ni con las injusticias del sistema educativo. Pero pequeños gestos pueden unir voluntades, solucionar pequeños problemas que para cada individuo pueden ser grandes.

Entrar en voluntariados, tratar de ayudar a organizaciones de bien común, religiosas, laicas, puede hacer la diferencia, pero esencialmente nos hará más humanos a los que extendamos nuestras manos y corazones en ayuda a los demás.

A ti que vas en el Metro, recuerda: ¿Dios quiere a los pobres?
–Sí.
- ¿Y por qué no los alimenta?
- Sí los alimenta, lo hace a través de ti, de mí y de todos los que sentimos que de esta forma ayudamos a que el mundo sea menos injusto y más humano. La asistencia a nuestros hermanos carenciados no debe ser sólo del Estado, sino que debe partir por nosotros.

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