Tras la promulgación de la ley que crea el Plan de Formación Ciudadana, hace falta opinión y debate de los ciudadanos al respecto, pero sobre todo de la academia. Con esto, se repone una eterna tensión entre las ideas de educación cívica y formación ciudadana, pero además le suma a la escuela una responsabilidad total frente al tipo de sociedad que se quiere formar.

Es inquietante la idea que subyace en esta ley: que las preocupaciones y desafecciones frente a la política, sean producto de una ausencia de formación. Al menos advierte un análisis parcial y desprovisto de una visión autocrítica de quienes hoy tienen la responsabilidad de la conducción del país o encabezan importantes instituciones que han tenido un papel gravitante en la construcción de la historia de Chile y cuyas acciones no han hecho sino poner en tela de juicio el valor que otrora nuestra sociedad les prodigaba.

La formación de ciudadanos fue un epítome de buen comportamiento que fue transitando hacia la exaltación de las efemérides y símbolos patrios en la primera mitad del siglo XX. En su segunda parte, el paradigma sustentado desde la educación cívica situó sus énfasis en la institucionalidad política, con foco en la adquisición conceptual y presente al término de la educación media a través de una asignatura de igual nombre, vale decir una educación sobre la ciudadanía (Selwyn, 2004).

No obstante, ya en los inicios del siglo XXI, una comisión demarcó una nueva trayectoria en un marco de formación a través de la ciudadanía, poniendo acento en la tranversalización a lo largo de la vida escolar en una lógica de adquisición de herramientas conceptuales sobre institucionalidad política, habilidades y actitudes que les preparara para el establecimiento de relaciones participativas y democráticas.

Con todo, en el derrotero de lo que ha sido la presencia de la educación cívica y de la actual visión sobre formación ciudadana en el curriculum escolar, denota la idea que la vida ciudadana es una construcción conceptual, que se erige en la práctica escolar.

La experiencia nos muestra que un vasto conocimiento cívico no garantiza necesariamente buenos ciudadanos y viceversa, puesto que a mi entender la ciudadanía es una forma de ver y entender el rol de los individuos en contextos de poder, participación y compromiso con la sociedad, por ello más allá de los sesgos paradigmáticos o ideológicos, la dimensión ética se advierte como uno de los silencios forzados, por lo que me asiste la legítima duda frente a la idea de que per sé una ley genere cambios culturales y valóricos profundos que restituyan las confianzas perdidas y el imperativo de un compromiso permanente de los individuos que elimine la mirada pesimista y de la anomia y si es la escuela la instancia que deba asumir toda o gran parte de la tarea.

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