No va a ser fácil olvidar lo del sábado. Fue un orgullo ver nuevamente a nuestra selección jugando a gran nivel y superando de forma contundente a un equipo relevante como México. Nada fue fruto de la suerte, de las decisiones arbitrales o que tuviéramos un rival de mal nivel al frente. No, fue el resultado de hacer las cosas bien, de darle espacio a personas (en este caso jugadores) que se han preparado por años y siguen trabajando a mil con un nivel de auto exigencia, superación y orgullo que a muchos impresiona.

Si uno analiza todos los ámbitos de la cancha, queda claro que todos subieron el nivel y fortalecieron el trabajo de equipo. La tarea fue sumar y mostrar un trabajo unido y desafiante.

Definitivamente, lo de la selección nacional ya no es sorpresa, aun cuando verlos jugar y ganar genera un impacto permanente. Es verdad que enfrentamos a una generación excepcional de futbolistas, que ya bajo tres entrenadores distintos (Bielsa, Sampaoli y Pizzi) ha alcanzado logros inéditos y constantes. No es casualidad que dos de los integrantes del plantel estén ya entre los cinco goleadores históricos de la “Roja” (Alexis y Vargas), o que Vidal, Aránguiz y Medel crezcan en la selección a niveles que impactan.

Pero eso no es todo. No basta con tener figuras, son decenas los casos de equipos de grandes individualidades que no son capaces de ganar nada. ¿Por qué? Por distintas razones, pero principalmente porque no existe un proyecto común, un sentido colectivo, un anhelo compartido.

Dejando de lado la selección, y pensando en nuestro Chile, me preocupa pensar que esto último sea lo que nos esté pasando. Tenemos muchos talentos, muchas figuras y capacidades, pero no estamos avanzando hacia ninguna parte. Cada día aumenta la división, cada día se hacen más presentes las diferencias. Cada día las personas expresan con más desenfado su rabia y su molestia, olvidando la importancia de la vida en comunidad y del desafío de vivir juntos y en paz.

La violencia en Valparaíso para el 21 de mayo, la destrucción del Cristo en las afueras de la iglesia de la Gratitud Nacional, y el triste vandalismo de los estudiantes del Inba para destruir su propio colegio, nos muestran que muchos han perdido el sentido común. Han perdido la responsabilidad, el respeto a la autoridad, la preocupación por las creencias de los demás, entre muchas otras pérdidas. Pero, por sobre todo, han perdido la alegría de pensar que trabajando juntos se puede hacer de Chile un país mejor.

Todo lo contrario a lo que nos muestra con tanta fuerza el testimonio de los jugadores de la selección. Ellos entendieron que en el equipo, en el proyecto común, estaba la fuerza para lograr el éxito.

La violencia aumenta cuando los demás me importan la nada misma. La violencia, la indiferencia y  la destrucción crecen cuando no soy capaz de ponerme en el lugar del otro. Se pueden (y deben) dictar leyes y cambiar reglas, pero nada de eso sirve si no se toma conciencia de la importancia de hacerse responsables todos del desafío de ayudar al progreso del país.

¿Podemos seguir tolerando todo esto? ¿Va a llegar el momento que nos demos cuenta que como país tenemos que avanzar entre todos? A nuestro país le sobran los talentos: en el deporte, en la política, en las ciencias, en la cultura, en las artes, en la música, en la economía, en el derecho, en tantas áreas. Pero algo nos pasó que nos olvidamos de la vida en común, y sin esa vida en común es imposible avanzar.

Disfrutemos los éxitos de la selección, este 7-0 inolvidable, y todos los logros alcanzados y por alcanzar. Pero no olvidemos que más allá de las figuras, este grupo logró construir un sueño común en el que todos se sienten parte y aportan desde su realidad.

Como país tenemos que aprender de la Selección. Ya basta de protagonistas individuales y de violencia e indiferencia. Es buen momento para cambiar de actitud y volver a empujar un país de todos y un sentido de unidad que ayuda a tolerar las diferencias y a valorar el aporte de cada uno.

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