La desolación de una capital, la amarga tristeza del vacío, eso es lo malo. Lo bueno es mejor, es sentir las calles a tu plena disposición, es poder cubrir las veredas con cada pisada, respirar todo el aire posible porque alcanza de sobra para todos. Sentimientos encontrados de un febrero profundo que se bate entre la tranquilidad y la agonía.

Algo de ironía en días en que el ciudadano común disfruta y se entretiene como chancho en el barro en latitudes que no son las suyas ante la oportunidad de viajar en vacaciones. Suerte de algunos, el aventajado momento de poder dejarlo todo, de partir sin rumbo aparente hacia algún destino deseado.

He pasado por la playa, pero sin tocar la arena. Es como tener al gato mirando la carnicería. Se entiende si explico que sólo llego a dormir al balneario, de vez en cuando, otros días sigo en pie cuidando la trinchera.

Pasan los días de calor entre noches poco frescas, la capacidad de dormir disminuye con la mente funcionando a mil y obsoleto de descansar, caminar es la consigna. Despejar la cabeza del cotidiano alboroto, salir, salir más allá, más allá del contiguo existente, más allá de donde no pensábamos llegar.

Es así que entre el andar y conversar simultáneo da un poquito de hambre y sed. Empezar a buscar entre cortinas cerradas es pedir fortuna a los dioses cuando la hora es cercana a la medianoche. Pero ahí están esos luminosos colores de verde y amarillo entre la oscuridad, la suerte llega y es Lima Limón que nos da una palmada en la espalda y nos deja la posibilidad de descansar.

Es tarde para el servicio, pero quienes nos atienden en un correcto acercamiento nos incentivan a pedir con agilidad para que todo marche en calma. No sabré yo cómo se pone la gente de las cocinas cuando llega esa última mesa de incierta paz y de mucho conversar.

A mutua conveniencia decidimos ordenar un pisco sour y una copa de vino blanco, el primero de correcta manufactura, espumoso y cremoso, difícil característica que me suele complacer. Como el aroma a playa lo traigo bajo la nariz decidimos ordenar, sin leer mucho la carta que es extensa, un par de ceviches desde el apartado que indica el menú. Pedimos el de pescado, camarón, pulpo y centolla, balanceado en sus sabores y en sus ingredientes, una buena muestra de cómo colocar de todo sin que sobre o falte.

El otro fue de pescado, locos y camarón, una apuesta sencilla engalanada por el preciado molusco que nos da fama internacionalmente.

Ambos platos gruesos en presencia y sabor delicado, justo lo que esperábamos, un oasis en el desierto de la noche santiaguina.

Ahora es cuando, tenemos la energía y el ánimo nunca falta, nos reponemos del desgaste y el alcohol nos brinda una chispa de alegría, el pequeño detonante para un retorno bueno e intenso. Nunca las noches son tan buenas si no las compartes, nunca son buenas si no logras dormir en paz, ojalá bajo un cansancio afortunado.

Coordenadas: Lima Limón, Príncipe de Gales 7218, La Reina. Teléfono +56 2 28487415.

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