Como encerrado en la ciudad, como buscando una salida, somos muchos los que no estamos de vacaciones y queremos explotar como sea las virtudes de la nueva escena gastronómica, salir a beber algo para celebrar las cálidas noches, mejor si se come y se divierte.

Como dirían en los cines, “De los creadores de La Jardín” hoy nos sorprenden con un nuevo boliche igual de ecléctico, fresco, chispeante y hermoso en lo rústico.

La Diana lleva poco tiempo en pleno funcionamiento y sorprendido fui cuando al llamar para reservar me comunicaron que la casa estaba llena. Así que porfiado, insistiendo toda la tarde, logré que me dieran una ubicación. Esfuerzo pleno de las chicas que recepcionan y que se agradece.

Probablemente desde hace más de 20 años que no entraba al monasterio de los sacramentinos. Tengo algunos flashes de fiestas alternativas de principios de los 90 que en el subsuelo distorsionaban la década.

La fachada sigue siendo la misma trastienda de los juegos, pero hoy, intervenida con arquitectura descontrolada y descontinuados materiales -eso es lo lindo creo-, sale del típico esquema moderno y no negocia con el formato clásico, deja las cosas como están y realiza el mayor esfuerzo en diferenciarse.

Destaca la impronta de la barra en el fondo y las escaleras ondulantes que llevan al segundo piso casi oculto, aunque no tanto como los altillos que asemejan un tercero.

De preferencia hay que sentarse en la galería de entrada, donde corre el viento entre los sillones blandos y añosos.

La carta es generosa en bar y acotada en cocina, un puñado de entradas, otro de fondos y varias pizzas. No llegamos a los postres, comenzamos con una copa de vino para ella y yo escogí uno de los tragos de la casa que llevan nombres de juegos de video: “Elevator”, un bourbon con maracuyá y otras vainas muy refrescante.

Como la cosa es chascona, decidimos picar varios platos: el cebiche de reineta correcto en sabores peruanos, buen limón pronunciado en el caldo, el tártaro de filete cortado finamente a mano bien aderezado con una yema de huevito de codorniz y acompañando papas fritas al que sólo le agregué algo de merquén para que doliera. Y la ensalada de quínoa súper rica, con los granos aún firmes que reventaban entre lengua y paladar.

Por último solicitamos las mollejas, bien doradas y montadas sobre puré de papas con ajo y cebollitas escabechadas, sólida preparación para afirmar la ya profunda noche de luna llena. Los sonidos de Cuba nos acompañaron en la velada volviendo la terraza un malecón playero despampanante.

Hay que ir relajado y observar mucho, llevar tiempo y descansar en los sofás, el lugar tiene todo para divertir el cuerpo y alma.

Coordenadas: La Diana, Arturo Prat 435, Santiago. Teléfono +56 2 26328823.

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