La victoria de Donald Trump en las elecciones presidenciales estadounidenses remeció al mundo occidental, abriéndonos los ojos frente a un fenómeno del cual poco a poco parecieran abundar explicaciones.

El triunfo del magnate norteamericano evidencia la globalización de un fenómeno impensado en una de las democracias más antiguas y poderosas del mundo.
Me refiero a la crítica generalizada en contra de la “clase política” (Gaetano Mosca) o de la “casta política” (como la denomina el Podemos de España), que desde Europa y Latinoamérica ha puesto en jaque a partidos tradicionales, gobernantes de vasta experiencia y equilibrios políticos históricos.

Trump supo convertir la molestia popular por la falta de soluciones a sus problemas particulares en opción política. Fue capaz -con un discurso agresivo, populista y hasta irresponsable- de cooptar a aquellos que sueñan con una sociedad plagada de derechos y protecciones y carente de deberes y límites. El voto a Trump representó la rabia contra el establishment.

La incapacidad predictiva de la industria de las encuestas radicó principalmente en lo que se conoce como el “efecto Bradley”, donde el elector esconde su verdadera opción electoral, sea por vergüenza o temor. En el caso particular, la belicosidad -y eficacia-del discurso de Trump hacían conveniente al elector no divulgar anticipadamente su opción, más sí, mantener firme el voto favorable.

Trump ganó y está por verse si logra ser capaz de cumplir lo prometido sin poner en riesgo la estabilidad de una democracia construida sobre la base de la inmigración, la libertad y la globalización. Hay mucho en juego. De dicho país dependen los equilibrios de paz en Medio Oriente y en parte importante del mundo, por lo que decisiones equivocadas podrían generar impactos no deseados para el resto del mundo.

Para Chile podría ser complejo si Trump cumple con su promesa de revisar los tratados de libre comercio. Nuestro país tiene un TLC con Estados Unidos, razón por la cual los productos americanos no pagan arancel al ingresar a Chile e igualmente los nuestros al entrar al mercado norteamericano. Si eso se cambiara, los productos americanos serían más caros para Chile y ya no veríamos tantos argentinos o brasileños comprando en nuestro país; y nuestras exportaciones serían menos competitivas, lo que afectaría a nuestras exportaciones y con ello, se produciría un impacto en el empleo local.

Será entonces labor de nuestros gobernantes representar y defender nuestros intereses como país ante una eventual asonada proteccionista de Trump. Por ello es que la decisión ciudadana del próximo año no será superflua. Más allá de la legítima indignación ciudadana y de los discursos populares de aplauso fácil, necesitaremos madurez cívica para elegir a personas que con la debida experiencia y estatura sepan representar a nuestro país en las instancias bilaterales y multilaterales en un momento crucial de la historia mundial.

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