Murió Fidel Castro. Esta sí es la última vez. Su muerte definitiva. No más rumores.
Para unos es Fidel. Un apóstol de la independencia. Preclaro e infalible.

El David de una pelea desigual contra el águila imperial. El paladín de la igualdad. El ingeniero social de una utopía.

Para otros es Castro. El dictador perpetuo, que tras casi cinco décadas de reinado dejó a su hermano menor en el trono. El todopoderoso supresor de la libertad. El carcelero de la isla. El agitador global. Castro, el castrador.
 

Haber vivido y estudiado en Cuba, y ser cubano adoptivo por matrimonio me permite mirar con detención las luces y sombras de su historia. No hay duda de las culpas de Fidel: desarmó un país, destruyó su economía, y separó a sus familias. En 1959 Cuba estaba entre los tres mas altos ingresos del continente, hoy entre los más pobres. Igualó hacia abajo, como siempre hace el socialismo.

Reprimió a sus opositores (sin piedad y sin remordimiento), y silenció a sus críticos. Mandó a matar y a morir a una generación de jóvenes del servicio militar -7.000 muertes por fusilamiento, ejecuciones extrajudiciales y desapariciones- y luego prefirió que otra generación se prostituyera para acariciar turistas, antes de modificar sus políticas. No puede existir mayor vergüenza que ésta para un líder.
 

Su méritos han sido muy publicitados. Extendió la salud y la educación fuera de las ciudades y la elite, aún cuando su calidad se fue al suelo con el paso del tiempo. Eliminó barreras sociales y raciales (a excepción de la persecución brutal que realizó contra los homosexuales), y apoyó el fin de la colonización en África.
 

Para mí, sus méritos no lo eximen. Mas bien son agravantes. Dio a la población herramientas que luego impidió ocupar, castrando a sus propios ciudadanos. Al mismo tiempo que extendió la educación, la hizo funcional a su perpetuación. Igualó la cancha de las oportunidades educacionales para luego segregar y entregar oportunidades sólo los adeptos a su credo, a su religión, a quienes estuvieran dispuestos a renunciar a su capacidad de pensar por sí mismo. En su mente los cubanos no se educaron como derecho, sino para servir a una causa predestinada, servirlo a él.
 

El resultado ha sido un desastre. Un país arruinado, moral y económicamente. Una diáspora enorme y creciente que ya acumula un 20% de la población cubana en el exilio. Algunos por razones políticas, otros por razones económicas. Todos por razones que le impiden quedarse en su país natal.
 

Yo tengo mi veredicto, pero la historia se encargará de juzgar al Comandante. Lo importante es que comienza para Cuba un camino nuevo, difícil, e incierto. No será fácil, y se beneficiaría del apoyo de todos nosotros. Mi esperanza es que en pocos años Cuba sea un país libre y democrático en el que sus ciudadanos sueñen y planifiquen su vida, quedándose. Y que deje de ser el país que muchos disfrutan visitar, pero en el que jamás vivirían.

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