Este sábado 9 de agosto habría sido el cumpleaños número 52 de Felipe Cubillos Sigall. Entre a los distintos mensajes de afecto e imágenes que aparecieron en la redes sociales estaba también su manifiesto “Soy un Indignado”, publicado por Felipe pocos días antes de su partida, el 30 de agosto del 2011. 

El texto fue escrito hace tres años, pero pareciera hablarle directamente a la clase política en la actualidad. Felipe Cubillos ejerció un liderazgo fuera de la lógica de los partidos políticos, y desde ese lugar desnuda y critica la lógica de la retroexcavadora tres años antes de que el Senador Quintana la patentara:

“Soy un indignado porque, pese a todos los problemas que tenemos como sociedad, hemos tenido avances notables en las últimas décadas, y hoy nadie se atreve a reconocer su paternidad o maternidad”, escribió.

Pero el manifiesto es aún más pertinente. Este sábado, justo en el día del cumpleaños de Felipe, 20 mil apoderados de colegios particulares subvencionados salieron a las calles de La Cisterna a manifestarse pidiendo un cambio profundo en la lógica de la reforma educacional. Cubillos también le habló a esos 20 mil apoderados en su manifiesto:  “Soy un indignado, porque conozco a muchos emprendedores de la educación subvencionada que, precisamente por hacerlo mejor que los colegios estatales, hoy día corren el riesgo de tener que cerrar sus colegios”. 

Es difícil entender cómo Felipe Cubillos llegó a la conclusión anterior tres años antes de conocer la reforma educacional, pero es claro que tenía una visión muy precisa de lo que estaba pasando en el país. Su desconfianza en el Estado paternalista estuvo siempre presente en su labor social, y es muy probable que de estar entre nosotros hoy estaría levantando la voz y movilizándose junto a miles de emprendedores, apoderados y dirigentes sociales que se sienten amenazados por el improvisado diseño de las reformas sociales.

Pero Felipe nunca estuvo del lado de los autocomplacientes defensores de la libertad. Para él la libertad conlleva una responsabilidad ética ineludible, y en consecuencia no duda en criticar con fuerza a quienes no están a la altura de esa responsabilidad: “Soy un indignado por esos seudoempresarios que engañan a la gente, sobre todo a los más pobres, renegociándoles sus condiciones sin ni siquiera preguntarles”.

En el mismo manifiesto hace un llamado a volver a recuperar las confianzas entre los distintos actores de la sociedad, y a entender que las soluciones a nuestros desafíos sociales no caerán del cielo, se construyen con el esfuerzo constante de miles de chilenos, se construyen desde la base social, no desde un escritorio desconectado de la realidad. Cuestiona las discusiones marcadas por posiciones antagónicas. Le indigna la ideologización de la discusión de la educación, y la falta de honestidad para evaluar rigurosamente las causas de las desigualdades en educación. 

Cuánta falta nos hace escuchar su llamado a dejar las trincheras de los eslóganes y volver a creer en el análisis riguroso de la evidencia como un mecanismo para encontrar el mejor camino para construir una sociedad más justa. 

Como país estamos en una etapa decisiva para la reforma educacional, y la Presidenta tiene sólo dos caminos. O construimos las reformas estructurales entre todos de manera constructiva, dejando a un lado la política de trinchera y las descalificaciones, o finalmente habremos hipotecado la posibilidad de demostrarle al país que la clase política es capaz de construir un país más justo, y que la desigualdad de nuestros niños está por encima de cualquier retorno político que generen las peleas de trinchera. Esperemos que la Presidenta lea a Cubillos.

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