La mitología universal está llena de relatos con los que las comunidades nacientes buscaron explicación en torno al universo, el origen del mundo, los fenómenos naturales y cualquier cosa para la que no tuvieron en su momento una interpretación simple. Relatos fantásticos, personajes épicos y animales fabulosos ilustraron esta forma de conocimiento que se transmitió de generación en generación. En esas culturas se creó el concepto del monstruo de dos cabezas que instala en un mismo ser a fuerzas antagónicas y un mismo cuerpo a visiones distintas y actitudes contrapuestas.

En el Chile de hoy, el monstruo de dos cabezas nos sirve para entender qué está pasando en el Gobierno donde cada vez y con mayor ímpetu fluyen esas fuerzas antagónicas -muchas de ellas irreconciliables- desde donde asoman las dos almas de la Nueva Mayoría: una que nos habla de retroexcavadoras y de aquel  “avanzar sin transar” y la otra, moderada, heredera de la antigua Concertación, que trata de conciliar y de arreglar -cada día con menor éxito- los desaguisados de sus compañeros de coalición.

Chile no es un país de extremos y por eso es una verdad que la gran mayoría de los electores que votó por la Presidenta y sus promesas de campaña, lo hizo conciente que ellas serían materializadas con los ojos puestos en el bien común. Era obvio pensar que la reforma educacional era para brindar mayor calidad para la educación en función del futuro de niños y jóvenes y no para destruir a los colegios subvencionados, ni menos para terminar con la libertad de elegir y generar una estructura estatista con la finalidad de dirigir la vida de maestros y estudiantes.

 Otro tanto ocurre con la reforma laboral. La lógica indicaba que debía ser inclusiva, incentivadora del empleo, especialmente de los jóvenes,  de la flexibilidad y por sobre todo de la libertad de los trabajadores para decidir y negociar. Nada de eso. Más que una normativa para favorecer a los trabajadores, la reforma se transformó en una expresión de la lucha de poderes que el propio Tribunal Constitucional debió contener.

Y lo que ocurre no es casualidad. La existencia de dos visiones al interior de la coalición gobernante hace que cada grupo -los más izquierdistas y los reformistas que evocan los tiempos de la política de los acuerdos- impulsen y materialicen las reformas desde sus particulares puntos de vista.

Para el sector más radicalizado de la Nueva Mayoría, la discusión de las reformas le ha dado la posibilidad de acarrear aguas para su molino y generar un clima que favorece a sus expectativas, poniendo en jaque las instituciones, creando conflictos, planteando situaciones de caos y alterando desde sus raíces la paz social. Son los que han confesado sin tapujos que sus áreas de acción están  “en La Moneda y en la calle”, instancia donde la izquierda se hace fuerte y crea un terreno propicio para mantener al día sus cuotas de poder.

Por la vereda del frente transita el otro grupo que aún se mantiene apegado a lo que fue la antigua Concertación que ingenua y tímidamente, trata de lograr acuerdos para morigerar el contenido de las reformas y dotarlas de un sentido más constructivo. Sin embargo, este sector minoritario no ha hecho otra cosa que validar con su presencia los planteamientos de quienes han radicalizado este proceso con el consabido argumento “son promesas de campaña”.

Y la pregunta que cabe es ¿quién zanja esa diferencia? La lógica indica que debería ser la Presidenta de la República, pero ella no lo hace. No se sabe si su ausencia se debe a que con el tiempo ha ido hipotecando su liderazgo o porque sencillamente su corazón late al ritmo del de los sectores más radicales.

Y a pesar de que el tiempo se acaba para el Gobierno, aún queda espacio para enmendar. Sus bajos niveles de aprobación son una buena razón para revisar el estado actual de las reformas y continuar usando el bien común como carta de navegación.

Es hora de hacerlo. Al menos en la mitología, los animales fabulosos, incluidos los monstruos de dos cabezas, siempre tuvieron un triste final.

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