Llegó el invierno y como siempre volvemos a ser testigos de las crisis provocadas  por los efectos de este mal endémico llamado contaminación ambiental y de la acción de las autoridades para paliar los efectos de un problema que, a estas alturas, no sólo compromete a la Región Metropolitana, sino que también a grandes extensiones urbanas de nuestro territorio.

Y como ha sido habitual, el panorama que tenemos frente a nuestros ojos es el de personeros de gobierno anunciando la aplicación de las mismas medidas de hace 30 años, sin voluntad política, sin planificación y sin una línea clara que nos haga pensar en la solución del problema, aun cuando sea a mediano plazo.

Hoy existe claridad respecto de las causas de esta situación y también de los agentes contaminantes más severos. A pesar de ello y de nuestros 4 mil kilómetros de cordillera como punto de acumulación de agua, nada se dice acerca de proyectos para producir energía limpia, de aquella que necesitan las ciudades para terminar con este drama, especialmente en la época invernal.

Y si nos preocupamos por las consecuencias de la contaminación ambiental, también debería llamar nuestra atención otro tipo de contaminación: aquella que afecta al alma de los ciudadanos y que se manifiesta en la alta agresividad que hoy se observa en las personas y en sus relaciones con los demás.

Sólo basta ver el comportamiento de algunos automovilistas que viven alimentando la selva de los bocinazos, los gestos obscenos o de los improperios e insultos, sobre todo en horas de atochamiento vehicular. Para qué decir manifestaciones de intolerancia que a diario y a todo nivel se observan en la locomoción colectiva, en las colas o salas de espera de servicios públicos y también privados.

La falta de cordura ha permeabilizado a todos los estamentos de este país. La denominada “clase política” también muestra reiteradas manifestaciones públicas de belicosidad desmedida y muchos de sus representantes cambiaron los verbos dialogar por demoler, negociar por imponer… o mentir. Y en el extremo, los ya conocidos agentes de la violencia, aquellos que hacen de la amenaza su recurso (“no los dejaremos gobernar”) y de la bomba molotov, su argumento.

Puede que en más de algún caso una respuesta destemplada tenga algún lejano viso de justificación, sobre todo de parte de aquellas personas que son víctimas de tramitación excesiva, atropellos o abusos.  Sin embargo, está claro que constituimos una sociedad con un alto contenido de acritud y de ira, y que por razones que no están bien determinadas ha abandonado la templanza que en algún momento la caracterizó.

No es oportuno atribuir esta situación a lo que muchos dicen: que en este país las personas ven su futuro con inmensa preocupación, que existen incertidumbres y que por lo ocurrido en los últimos años, Chile camina bajo la oscuridad. Puede que así sea, pero lo cierto es que también las grandes alegrías, como por ejemplo la obtención de los títulos de la selección chilena u otras victorias deportivas, genera incidentes, saqueos, daños y violencia inexplicables.

La contaminación ambiental es una realidad y las autoridades aplican erróneamente las mismas medidas desde hace 30 años para paliar sus efectos en la salud y calidad de vida de los ciudadanos. No dejemos pasar otros 30 años para preocuparnos de esta otra contaminación, la de la agresividad, la de la “mala onda”.

De no ponerle atajo ella transformará a Chile en un país enfermo del alma y en una nación de amigos y enemigos.  Y cuando eso le ocurre a un pueblo que por tradición cree en la paz y la fraternidad, significa que su espíritu se rindió ante la agresividad, la provocación y la belicosidad.

Para decirlo de otra manera: cualquier tipo de contaminación será siempre una enemiga peligrosa. La una, puede matar el cuerpo. La otra, inevitablemente, matará el alma.

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