La miopía, además de su acepción relacionada con la fisiología humana, se describe como “la incapacidad para ver cosas que son muy claras y fáciles de entender”. Dicho así, no cabe duda que la miopía es la característica que cruza nuestra vida ciudadana y que ha logrado contagiar, de manera tranversal, a casi todos los liderazgos políticos de este país.

¿Qué sería lo esperable? Que una nación que hasta hace poco era considerada excepcional a nivel de América Latina, hubiera desarrollado además la capacidad para proyectarse a mediano y largo plazo, generando las estructuras que posibiliten una relación equitativa, justa y solidaria entre los ciudadanos.

¿Y cuál es la realidad? Estamos desde hace un tiempo mirándonos el ombligo, gestionando reformas populistas, estatistas y sin rumbo; y pensando que la política tiene por finalidad hacerse del poder a como dé lugar, no por un proyecto, sino que sólo por el poder. En definitiva, perdimos la capacidad de mirar más allá de la punta de la nariz.

Y un síntoma de aquello es que cuando falta un año para una elección presidencial, no hay un debate de ideas sino que la presentación de nombres y candidatos, como si lo importante fuera aquello y no el país que deseamos entregar a las próximas generaciones.

Grandes temas como una educación inclusiva, de excelencia, que sea una herramienta eficaz para generar igualdad de oportunidades, están fuera de la discusión.

Tampoco se habla de la generación de programas de salud digna para los ciudadanos, especialmente para los más vulnerables, donde se disponga de atención médica, exámenes, insumos o intervenciones, sin que las limitaciones económicas sean causal de marginación.

Igual silencio y falta de visión existe en materia de difusión cultural. El enriquecimiento espiritual y el acceso a actividades formativas son elementos que derriban las barreras de la desigualdad.

Nada se habla de modelos de desarrollo, de políticas públicas inclusivas que orienten la inversión social a sectores necesitados, o del rol del sector privado en la generación de creatividad,  innovación,  emprendimiento,  riqueza y  crecimiento.

De la misma manera nada hace pensar que estemos preocupados del agobiante centralismo, del menosprecio por la autonomía de las regiones y por la autodeterminación de los gobiernos locales. Ello será siempre un tema tabú a la hora de proteger las cuotas de poder que se manejan desde las cúpulas.

Tampoco hay iniciativas sobre seguridad ciudadana y qué hacer para que los chilenos podamos vivir en paz.

Nada de eso hay. Pero hay que ser optimistas y trabajar incansablemente para entregar a los chilenos las propuestas que tengan por finalidad darles una vida mejor. Es lo que hace falta y esa es la razón de por qué las personas se alejan de la política y especialmente de los políticos.

Los tiempos que vienen son de grandes desafíos, sin espacio para la improvisación que destruye, ni menos para la miopía, una enfermedad que, como en este caso, puede ser mortal.

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