Chile despide en estos días a Patricio Aylwin, ex Presidente, servidor público, amante de su familia, su patria, su gente. Tras una larga e intensa vida, el Señor finalmente lo llamó. Todos cruzaremos ese umbral en algún momento.

Como hombre de fe, don Patricio se preparó desde hace años conscientemente para éste, el último trayecto. Así lo hizo saber en más de una entrevista. Pasados los 80 años de edad se hace bien en dejar los papeles en orden y preparar el alma para el encuentro con Dios.

A don Patricio, el Señor le regaló bastante más edad. Se le regaló la gracia de despedirse de sus seres queridos, su mujer Leonor, amor de su vida, sus hijos y nietos. Muchos de sus íntimos colaboradores pudieron despedirse también. Hay que pedir una buena muerte, la gracia de poder decir adiós con calma y en paz.

Las filas para despedir sus restos se han hecho infinitas. En la catedral de Santiago se le dará el último adiós y se rezará por su eterno descanso. Es en la casa de Dios, la Iglesia que lo acogió y que el amó. Era un cristiano, practicante, de misa dominical y frecuente, incluso en tiempos de mucho ajetreo político y laboral, por lo que cuentan muchos testimonios.

Ese ya es un gran regalo y ejemplo. La vida, para que sea fecunda y valga la pena, se debe vivir con Dios al lado.

Los elogios de todo el espectro político dan cuenta del indudable bien que don Patricio le hizo a Chile en una etapa particularmente compleja y delicada como fue el término de la dictadura y el inicio de la democracia.

Él supo conducir muy bien ese proceso y al mismo tiempo, logró que el país entrara en una lógica de reconciliación difícil, con escollos, pero posible. Y eso pasó por enfrentar sin tapujos el sensible tema de las violaciones a los DDHH.

Como dijeron los obispos en una nota de condolencia, "su compromiso fue clave en la gestación de los necesarios acuerdos para la transición pacífica a la democracia. En un contexto difícil y complejo don Patricio, contando con la colaboración de amplios sectores ciudadanos, pudo poner en el centro de su administración la dignidad de la persona humana. A él se debe el Informe Rettig que ayudó a establecer la verdad y la justicia para muchísimos chilenos". Ese proceso aún no termina. "Aún hay dolores que nuestra sociedad no ha podido superar", dice el comité permanente en su nota. "Pero también es necesario reconocer que la voluntad de diálogo que primó en la década del noventa permitió avances de relevancia, en un clima de amistad cívica que hoy agradecemos".

Él supo entregar a su familia y cercanos, los valores en que siempre creyó, entre ellos "su amor a Jesucristo y su identidad creyente". En efecto, su profunda fe es un ejemplo a seguir para todos los que se dedican al servicio público. El Presidente Aylwin luchó incansablemente por una “patria justa y buena” para todos. El Señor de la vida sabrá recompensar lo que sembró con gran generosidad.

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