El domingo celebramos el 1° de mayo, Día del Trabajador. Lo hacemos con cuentas tristes, dado el explosivo aumento de la cesantía en Santiago. Si en la capital el panorama es preocupante, me imagino cómo será en otras partes de Chile. Muchos han mostrado su preocupación. Yo me sumo. La verdad, el panorama pinta para café oscuro. Las fuentes de trabajo pueden disminuir abruptamente; recuperarlas, es un proceso lento.

Ya se ha repetido hasta el cansancio: el empeño de las autoridades debe enfocarse en construir las condiciones para aumentar el empleo, no para disminuirlo. Dar todo tipo de facilidades para que dar trabajo, crear nuevos empleos. Todos ganamos. La creación de empleo, y lo constato diariamente, es el mejor camino y antídoto para luchar contra todo tipo de males sociales. Se combate la delincuencia, la depresión, se fortalece la familia, se combate la desigualdad. Con pocas pero inteligentes medidas, se puede combatir exitosamente esta espiral viciosa de desempleo y revertir los nefastos números.

El papa Francisco se ha referido en innumerables ocasiones a su importancia. Su falta, dice, “daña al espíritu, como la falta de oración daña también la actividad práctica”. “Trabajar es propio de la persona humana. Expresa su dignidad de ser creada a imagen de Dios. Por eso se dice que el trabajo es sagrado”. Estar sin trabajo es terrible. Fuente de todo tipo de males para la persona y la sociedad. De ahí que, quienes tienen responsabilidad, deben velar porque éste aumente, se diversifique, mejore y mantenga.

Y una palabra a quienes crean y dan trabajo. Todos somos, en mayor o menor medida, empleadores. La primera indicación es preocuparse de mejorar las condiciones laborales de quienes tenemos a cargo. Que sus empleados se mantengan. Que les dé gusto trabajar en su puesto. Que no quieran dejarlo.

Lo segundo, es tratarnos bien. Hay mucha queja, no tanto contra el empleador sino más bien contra el ambiente, vale decir, contra los pares, en materia de maltrato. Los chilenos nos hacemos la vida difícil en el trabajo. No somos muy buenos compañeros. Si mejoramos el trato mutuo, si nos respetamos y valoramos, ya estaremos mejorando la calidad del trabajo aunque eso no redunde en un mejor sueldo. Pero al menos se nos hará más grato el lugar donde pasamos buena parte del día y de la vida.

Por último, valorar el trabajo. Quien trabaja bien, da un gran servicio a sí mismo y a la sociedad. Quien crea trabajo, realiza un gran apostolado, dignifica a las personas, participa del plan creador de Dios, quien sigue creando a través de nosotros. Lograr de la sociedad un grupo humano "bien empleados y ocupados" debe ser uno de los objetivos prioritarios de quienes tienen responsabilidades en ella. Ojalá cambie para bien el panorama laboral. Es posible.

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