Los chilenos somos de pocos amigos. Así al menos lo muestran los resultados de la última encuesta Bicentenario UC-Adimark. Ante la pregunta ¿cuántos amigos tiene?, la mayoría responde que algo más de tres, lo que es casi la mitad de lo que se respondía hace diez años. Los niveles de desconfianza han aumentado tanto, que ello repercute en la cantidad y calidad de amistades cercanas.

De forma triste, proyectamos la desconfianza que tenemos en las instituciones en nuestros círculos más íntimos, tanto familiares como laborales. Terminan pagando el costo del recelo ambiental los que menos culpa tienen: los más cercanos.

Sería bueno hacerse la pregunta personalmente. Pero, más que preguntarse cuántos amigos tengo, preguntar más bien ¿cómo cultivo mis amistades? En efecto ¿Es usted un buen amigo? ¿Es fiel? ¿cumple su palabra? ¿Es cariñoso, atento, comprensivo, leal? ¿Cultiva sus amistades en forma desinteresada o piensa siempre en cómo puede sacarle partido a tal o cual relación? ¿Es de amistades interesadas?

La amistad es gratuita, así como la confianza. Éste es un valor que hay que trabajar todos los días, que se cultiva a fuego lento, que pasa por altos y bajos y es necesario renovarlo constantemente. Supone volver a apostar por el otro; abrirse a la posibilidad de sus errores y ser capaz de soportarlos y superarlos. Pero, al final, se gana mucho más de lo que se invierte.

Es cierto que "las instituciones" chilenas han decepcionado mucho. Empresas, gobierno, Iglesia, políticos. Nadie se salva. Es un desafío para cada una de ellas volver a recuperar la confianza de las personas. El chileno está más exigente, no se traga cualquier cosa, sabe más, está mejor informado. No se toleran más los "perdonazos" en que caemos, esos "borrones y cuenta nueva" que, al final, solo aumentan la frustración ambiental.

Eso supone para cada institución ser más transparente, informar más, preguntar más, cambiar de conducta, enmendar y castigar errores, pagar los costos que cada caída de confianza implica. Nada es gratis. Hay que asumir la pérdida y hacerlo luego. Pero, a su vez, los chilenos debemos crecer en apostar por confiar más en nuestros semejantes.

El desconfiado finalmente pierde mucho. Quien vive receloso, mirando de reojo a los demás, a saltones, no es feliz. Debemos crecer en resiliencia, esa capacidad de superar las caídas y decepciones que nos da la vida; de reponernos ante golpe y fracasos, para aprender de ellos y volver a confiar.

Preocupante resulta el escaso valor que le otorgamos a la vecindad ¡Los chilenos no conocemos a nuestros vecinos! Una tarea inmediata es y conocer y saludar a quienes viven en mi cuadra. Comencemos por ahí.

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