Los días previos al "18" nos confirman una cosa: son más las cosas que nos unen que aquellas que nos separan. Caminar por la ciudad, mirar calles y vecindarios, las banderas y guirnaldas, es comprobar que abunda un sentimiento común de encuentro, amistad, ganas de celebrar.

Releo en estas fechas "Mi sueño de Chile", del cardenal Raúl Silva Henríquez. Hace bien para el alma. Lo invito a que lo lea y medite. Chile "tiene vocación de paz", dijo el papa Juan Pablo II cuando estuvo en Chile. En estos días debería brotar lo más noble del corazón chileno: la amistad, la solidaridad, la vocación de encuentro. Y en torno a cosas simples: una empanada, una copa de vino, una bebida, baile, música, risa liviana, la broma pícara y el recuerdo. También una oración ungida y profunda de agradecimiento por todo lo que Dios nos ha regalado. Sí ¡agradecer! es lo propio de un corazón generoso, que sabe que, al final del día, todo es gracia y regalo inmerecido. La vida. La salud. La familia. La Patria.

Está complejo el panorama. Entiendo los resquemores y desconfianzas alimentados por abusos incomprensibles y decisiones erráticas. Un ambiente político algo tóxico, en que abunda la descalificación antes que la búsqueda de acuerdos y verdad. El panorama laboral no pinta para positivo. No hay que ser experto en economía para darse cuenta que, así como hay que repartir mejor la torta, también es necesario que ésta crezca.

Hay mucho por hacer, como para vivir enfrascados en rencillas estériles. Me sumo al sueño del cardenal Silva: "Quiero un país donde todos vivan con dignidad. Donde cada jefe de hogar tenga un trabajo estable y que le permita alimentar a su familia. Y que cada familia pueda habitar en una casa digna donde pueda reunirse a comer, a jugar y a amarse entrañablemente".

¿Es mucho pedir? No. Es posible un país más justo, igualitario, tolerante y sólido. Desterremos los egoísmos y ambiciones ¡Renovemos nuestra capacidad de amar! Veamos al otro como un aliado y no como enemigo. En Chile, nadie sobra. Todos tenemos el mismo derecho a vivir aquí. Hágase la idea de que deberá convivir siempre con quien no le simpatiza.

Y, lo más importante. Dice el cardenal: "Quiero para mi patria lo más sagrado que yo pueda decir: que vuelva su mirada hacia el Señor". Un país fraterno sólo es posible cuando se reconoce la paternidad bondadosa de Dios. Un Chile que reconozca sus raíces cristianas será una patria más unida, próspera, justa; "una mesa para todos".

El último domingo de septiembre la Iglesia chilena celebra "el día de la oración por Chile", donde imploramos la protección de la Virgen del Carmen, reina de Chile. Con su ayuda, ese sueño de país se hace real. ¡Felices Fiestas Patrias! ¡Viva Chile!

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