La dura revelación de Erika Olivera de los abusos que sufrió por parte de su padrastro cuando niña, sigue dando que hablar. Se ha puesto sobre el tapete de la discusión la posibilidad de que los abusos sexuales a menores de edad no prescriban. Y endurecer sus penas. Como sea, junto con revisar las sanciones, debemos trabajar por medidas preventivas más eficaces, de manera que nunca más un menor de edad viva y sufra lo que padeció Erika. Gracias por su valentía, coraje y ganas de vivir. Nos ha obligado a revisar la forma en que encaramos la violencia infantil y al interior de las familias.

Junto con esta revelación, se ha puesto en entredicho la labor que cumplen instituciones de ayuda a los menores, sobre todo el Sename, que atiende a más de 10 mil niños en residencias de protección en todo Chile.

No debemos olvidar lo fundamental: la realidad de las familias en Chile es precaria y cuna de muchos abusos. En miles de familias, la estabilidad, la protección, expresada en un papá protector y una mamá que asegure el afecto necesario, simplemente no existen. Según la Unicef, tres de cada cuatro menores en Chile son maltratados en sus casas. Para protegerlos, los tribunales los derivan a hogares, donde muchas veces, fruto de la precariedad, vuelven a sufrir abusos.

Gracias a Dios y a la generosidad de muchas personas, existen instituciones como María Ayuda, donde se proporciona a los menores en situación de riesgo o que han sufrido abusos, un ambiente acogedor, la posibilidad real de reconstruir vínculos sanos, contando con una infraestructura adecuada que asegure su dignidad.

Es cierto que hay un problema grave de insuficiencia de recursos, pero se trata más bien de responder si somos o no capaces como sociedad de garantizar los derechos fundamentales de nuestros niños. Urge tomar medidas concretas que garanticen esos derechos, tanto en sus propias familias (la no prescripción, por ejemplo, de los abusos sexuales) como en el caso de aquellos niños acogidos en hogares de protección.

Las familias tienen que ser, como dijo el papa Francisco hace un tiempo, "un lugar de vida y no de muerte". No perdamos de vista, especialmente en la atención de nuestros niños maltratados, a la familia, porque en la medida que éstas vuelvan a ser sanas y fuertes, a través de una terapia familiar que debemos otorgarles, ellos tendrán el espacio para crecer con dignidad. Su grito desesperado es por un papá y una mamá que los quieran y es obligación de todos escuchar su clamor.

Que la historia infantil trágica de Erika Olivera no se repita nunca. Tenemos en ella un doble ejemplo: de deportista y mujer valerosa, que busca el bien de los jóvenes y niños en Chile con un combate frontal contra los abusos.

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