Compleja la pregunta por la gratuidad de la educación universitaria, más aún por la gratuidad universal. Puedo entender y me sumo a la exigencia de gratuidad universal para la educación preescolar, básico y media. Eso sí, guardando las posibilidades de distintos proyectos educativos, pero dando una igual educación de calidad para todos.

Las grandes diferencias en los rendimientos académicos se dan en los primeros años. Ahí debemos colocar las platas. De poco sirve enfocarse en la educación superior si no sanamos las brechas que se producen a temprana edad. Pero claro, los párvulos no salen a marchar ni se toman el jardín.

Como lo dijeron los obispos hace un tiempo, se debe "avanzar hacia un sistema de educación superior que responda a los desafíos del actual nivel de desarrollo de Chile, y que promueva la integración social en forma inclusiva de los sectores que han permanecido históricamente excluidos de los beneficios del progreso". A su vez, sí se debería asegurar el acceso gratuito de los estudiantes, especialmente de los más vulnerables, garantizando una oferta educativa de calidad, libre de las distorsiones producidas por un esquema de regulación basado en el mercado.

No obstante, dicen los obispos, la actual reforma -en los términos formulados en el proyecto de ley- pone en riesgo precisamente aquellos aspectos que se propone superar.

El proyecto no considera los aportes de las instituciones públicas no estatales del Cruch. Sin este reconocimiento explícito, no habrá reforma educacional de verdad. Lo público no se reduce a lo meramente estatal. Hay infinidad de instituciones públicas no estatales que deben ser consideradas. Sólo considerar las estatales, es injusto, dañino y atenta contra la libertad de enseñanza, que tanto se dice defender. El Estado no tiene ni puede tener el monopolio de la educación.

Las universidades del Estado no son las únicas que velan por el bien público y el desarrollo de las regiones. Hay que valorar y alentar el comprobado buen desempeño en este campo de otras universidades, entre ellas las católicas.

Lo de la gratuidad universal se ve improbable. Lo dijo el presidente de la Feusach: “Para que se concrete la gratuidad universal en Chile, el país tendría que tener el PIB de Japón". Y para eso falta un poquito, da la impresión. Hay miles de otras prioridades. Pienso sólo en salud. No puede ser que ante enfermedades graves una familia termine en la ruina.

Sí se deberían flexibilizar los créditos universitarios y aumentar las becas. Hay que buscar sistemas de financiamiento de la educación superior que no dependan de un hipotético y fluctuante crecimiento, sino que se mantenga estable en el tiempo. Y, si se puede y hay recursos, costear los estudios de los quintiles más pobres.

Al final, estaremos de acuerdo que, eso de "estudiar gratis" simplemente no existe. Alguien lo termina pagando. Y es justo que sea así. El punto es de dónde obtenemos los recursos y a dónde los focalizamos.

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