La polvareda levantada por el manual de educación sexual para adolescentes de la Municipalidad de Santiago es más que comprensible. Antes que dar valor a la relación afectiva y sexual, es una salpicadera tristona de explicaciones seudo-técnicas, que se podrían dar en una fiesta de quinceañeros, por lo que no me detendré en las descripciones en que se solazan sus editores.

Los niños tienen el derecho a hacerse todas las preguntas que quieran. Pero los adultos estamos llamados a orientar, dar respuestas adecuadas, que les permitan una vida feliz y plena. Aprovecho, sí, el revuelo para un par de reflexiones.

Muchos adolescentes inician su vida sexual precozmente. Nos preocupa. Antes que ceder a esa realidad, como si fuera inamovible, esforcémonos en buscar revalorar la vida afectiva, mover a la fidelidad, al respeto, al aprecio por el otro y a no limitarla a lo meramente genital, como lo presenta el manual.

Así como hablamos de precocidad, hablemos de la posibilidad de una sana abstención y maduración hasta la edad adulta, cuando exista la posibilidad de un compromiso estable. Hasta el matrimonio, como sería de desear, lugar óptimo para el desarrollo de una vida sexual plena.

Es del todo legítima la opción de una postergación de la vida sexual, de respetar tiempos y procesos de maduración, de no quemar etapas en forma prematura.

Como dijo un reconocido siquiatra chileno, el texto “es una profundización de la disociación entre lo afectivo y lo sexual. La sexualidad se considera como una práctica de descarga y de placer. No al servicio de la construcción de una relación amorosa”.
El texto expone al adolescente a que tenga malas experiencias y al tenerlas, se angustie y frustre y en la vida adulta tenga una peor sexualidad. En la vida amorosa, no hay que apresurarse. No hay vuelta atrás tras una decisión errada. La invitación que hace el manual a una “decisión libre” es tan débil que, tras su lectura, resulta muy difícil para un adolescente negarse a la asfixiante aquiescencia y simpatía que muestra por el sexo precoz.

En efecto, ¿qué libertad queda a una adolescente (o mujer adulta) de decir “no” a una insinuación sexual de un pololo, amigo o conocido en un texto que alienta a una actividad sexual a como de lugar? El adolescente aquí -más la mujer que el hombre- se ve empujado a tener sexo, como una suerte de rito de iniciación para no pasar por conservadora, “cartucha”, anormal, perna o mojigata. Se lo presenta como un dato fatal ante el cual, le guste o no, más pronto que tarde tendrá que ceder.

El texto exhala machismo. Poco y nada se dice de responsabilidades compartidas en caso de embarazo o enfermedades. Buena parte de la responsabilidad en materia de “seguros” y cuidados recae en la mujer. Y lo triste es que está escrito en parte por mujeres.

Indigna ver cómo se dilapidan platas públicas. La Municipalidad de Santiago levanta cortinas de humo para tapar quién sabe qué medio­cridades, habiendo decenas de otras necesidades donde invertir esos recursos. Revela ignorancia, ya que abunda el buen material de educación sexual. Una triste muestra de desorientación adolescente y pérdida de rumbo.

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