A sólo dos semanas del estreno de la entretenida "Cien años de perdón" -que aún se mantiene en exhibición en algunas salas- llega a la cartelera local otra exitosa co-producción entre Argentina y España, que también cuenta con reconocidos actores, recurre a elementos clásicos del thriller cinematográfico y con un ritmo trepidante se centra en un robo a un banco detalladamente planificado que corre el riesgo de arruinarse. Y por si fuera poco, también hay una intensa lluvia de por medio que viene a complicar las cosas.

Pero las semejanzas llegan sólo hasta ahí, ya que este tercer largometraje del realizador Rodrigo Grande tiene otros elementos que le dan un sello diferente. Mientras en la otra película el protagonismo era compartido entre diversos personajes, acá al centro de todo está un individuo: Joaquín, experto en computación que está en silla de ruedas y vive en una gran casa venida a menos, sin más compañía que su avejentado perro y aparentemente sufriendo aún por una pérdida familiar del pasado.

La situación cambiará cuando llegue a vivir con él Berta, una extrovertida y dicharachera mujer que se ha ganado la vida como bailarina de striptease y viene con una hija pequeña que no habla, lo que coincidirá con un perturbador descubrimiento del protagonista: al lado de su casa un grupo de ladrones está preparando un robo que incluye un túnel que pasará por abajo de su vivienda hasta llegar al banco del otro lado. Pero ese será sólo el inicio de las sorpresas y giros en la trama.

No se puede negar que el inicio del relato es intrigante, y la atmósfera visual y la música -no demasiado sutil, hay que decirlo- contribuyen a un tono de inquietud e incertidumbre.

Todo avanza muy rápido y mantiene el interés del espectador, y a lo largo de dos horas "Al final del túnel" se las ingenia para manejar la tensión y el suspenso. Pero de todos modos tampoco se pueden pasar por alto los trazos gruesos de algunos momentos (como esa ruidosa e insoportable secuencia guiada por el baile sensual de la muchacha, o cualquier escena en que el montaje parece estar fuera de borda) y personajes (la joven es bastante insoportable), o los muchos clichés de situaciones y personajes (el sádico y amenazador villano que interpreta Pablo Echarri parece una caricatura ambulante).

Truculenta y con varios golpes de efecto a cuestas, a pesar de todo y con buena voluntad de por medio de parte de un público que prefiera no cuestionar demasiadas cosas o tomarse muy en serio los engranajes del guión, aunque no constituya un hito en medio del saludable estado del cine argentino reciente, la película funciona y cumple con lo que promete; en buena medida por el empeño que demuestra su elenco, encabezado por el siempre talentoso Leonardo Sbaraglia y que cuenta con un breve pero importante rol secundario a cargo del ya octogenario Federico Luppi, quien ha actuado en todas las películas del realizador de este film.

"Quilapayún, más allá de la canción"
En este nuevo estreno que llegará a todo Chile gracias al programa Miradoc, el periodista y realizador Jorge Leiva aborda su primer largometraje en solitario, luego de dirigir previamente junto a Pachi Bustos "Actores secundarios" y "Ángeles Negros".

Al igual que en ese anterior trabajo, este tercer documental también aborda la historia de una banda emblemática en el cancionero chileno y latinoamericano, pero en este caso con ineludibles matices políticos y sociales, y un alcance emotivo y humano aún más incisivo.

Convencional en su forma pero muy ameno y logrado en su ritmo y concisión temporal (dura poco más de 70 minutos), el filme despliega al mismo tiempo tanto la dimensión histórica, simbólica e incluso épica que Quilapayún ha alcanzado durante su medio siglo de trayectoria, como también el equilibrio entre la figuración pública y las vidas privadas de sus integrantes.

Y como es de esperar, las canciones y melodías más emblemáticas del conjunto le otorgan una potencia incuestionable.

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