Seleccionado y elogiado en importantes festivales internacionales a lo largo de la última década, el cine de Alejandro Fernández Almendras lo ha ido confirmando como uno de los realizadores chilenos más valiosos del medio audiovisual local.

Y el giro que ha tomado en los últimos años con sus dos más recientes trabajos no deja de ser inteligente, maduro e incluso coherente: desde la austeridad formal y el naturalismo casi documental de sus primeros cortometrajes, su primer largometraje "Huacho" y el segundo, "Sentados frente al fuego", su cine ha ido adoptando códigos más típicamente cinematográficos, lo que le permite llegar a públicos más amplios y transversales.

Lo bueno es que esto no significa que se haya "comercializado" para  llegar a un público más masivo, riesgo en el que más de un cineasta podría caer al asumir una opción similar.

Por el contrario, en su tercer filme, "Matar a un hombre", estrenado mundialmente en el Festival de Sundance, donde ganó la competencia World Cinema, si bien adoptaba recursos del cine policial y de suspenso, no dejaba de lado su forma de filmar, su manejo del tiempo y su capacidad de observación de la realidad social.

Y en esta nueva producción suya, que llega a la cartelera tras  su debut en la misma sección del certamen estadounidense y su paso por otros festivales como Berlín y Cartagena, Fernández Almendras continúa en esa línea, pero asumiendo mayores riesgos en el contexto de su filmografía, los que supera de manera más que satisfactoria.  

¿Cuáles eran los desafíos? Contar una historia de marcado protagonismo juvenil, donde los adultos tienen roles estratégicos pero de apariciones más acotadas; luego de desarrollar caracteres de extracción más popular en sus tres filmes anteriores, ahora tendría que abordar, sin caer en los clichés, un sector social tan fácil de estereotipar como los estratos altos y más acomodados de nuestro país; y por sobre todo, la trama se inspiraba indisimuladamente en un hecho real tan abordado mediáticamente como el "caso Larraín".

Con todos estos elementos y pese a los prejuicios que más de alguien pudiera haber tenido, incluso hasta pensando que habría cierto "oportunismo" al llevar a la pantalla un tema tan vigente y reciente en el recuerdo público, "Aquí no ha pasado nada" exhibe diversos logros y confirma el oficio y talento de su director.

Entretenida, con buen ritmo y acertadas actuaciones tanto de sus jóvenes protagonistas como los reconocidos actores que encarnan a los adultos, es cierto que por momentos se recargan algunas tintas en ciertos personajes o situaciones, pero eso no disminuye la efectividad de su puesta en escena y su mirada a las injusticias y vacíos policiales y legales que pueden producirse cuando están de por medio los más poderosos.

Y más allá de lo polémico que puede ser basarse en un caso real, por debajo de su superficie lo que sorprende es lo certero y revelador de su radiografía social, sintomática de tantas cosas que hoy en Chile no funcionan como debieran.

"Star Trek: Sin límites"
Desde que en 2009 el realizador y productor J.J. Abrams estrenó su entretenida y bien lograda "Star Trek", la popular saga, que ya contaba con fans desde hace décadas, ganó nuevos adeptos incluso entre quienes nunca habíamos sido particularmente devotos de la serie televisiva o sus adaptaciones fílmicas, efecto revitalizador que continuó en 2013 con "Star Trek: En la oscuridad".

Con notorio cariño por los personajes y su carga icónica pero aportando un tono fresco, juvenil y contemporáneo, Abrams logró entusiasmar a nuevas generaciones; pero en esta nueva entrega, se queda sólo como productor y cede el rol de director a Justin Lin, conocido por dirigir cuatro de las seis cintas de la saga “Rápido y Furioso”.

El resultado es correcto, pero no muy inspirado y se alarga más de lo necesario hasta incluso hacerse reiterativo y monótono. A pesar de los efectos especiales, la fuerza y encanto de estas películas sigue residiendo en sus protagonistas y la relación entre estos, y vuelve a quedar claro en esta ocasión, cuando las batallas y enfrentamientos tienen sabor a repetido.

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