Aunque debutó en el largometraje hace más de dos décadas y ya en 1999 recibió sonoros elogios con su tercer filme, “Tres reyes”, no fue hasta 2010, con el estreno de “El vencedor”, que el cineasta y guionista estadounidense David O. Russell se consagró entre el público y la crítica de Hollywood, que hoy lo tiene como uno de sus niños mimados: esa cinta y las dos siguientes que dirigió y escribió, “El lado bueno de las cosas” y “Escándalo americano”, obtuvieron varias nominaciones al Oscar, incluyendo mejor película y director.

Pero tras siete producciones previas, su más reciente estreno, “Joy: el nombre del éxito”, no ha concitado la misma unanimidad positiva.

Basado en la historia real de Joy Mangano, una decidida y emprendedora mujer divorciada, quien a comienzos de los años 90 desarrolló y patentó la exitosa mopa para trapear, Russell vuelve a concentrarse en el intenso y agitado entorno de una familia disfuncional que en tono cómico sirve de reflejo de ciertos rasgos de la sociedad estadounidense, conformando en este caso una suerte de cuento o fábula sobre el “American Dream”, algo que ya se manifestaba en su anterior trabajo, “Escándalo americano”.

En términos prácticos, el cineasta insiste en constantes ya habituales y reconocibles en su puesta en escena, que a estas alturas son como un “sello de fábrica”, por mucho que en rigor ya los hayan utilizado a la perfección directores como Scorsese o Paul Thomas Anderson.

Pero en este caso, el atractivo tratamiento audiovisual -como los casi coreográficos desplazamientos de cámara y el uso de la música y conocidas canciones de músicos como Nat King Cole, los Rolling Stones y los Bee Gees-, que tan bien funcionaba y seducía en “Escándalo americano”, se percibe excesivo y exagerado para la simpleza y humanidad de la historia que cuenta ahora, que quizá requería un tono distinto, menos grandilocuente.

Puede que ello también esté ligado al manejo del ritmo, algo que en este caso Russell no logra desarrollar bien, como tampoco consigue controlar qué y cuánto quiere desarrollar en su historia, por lo que ésta se extiende mucho más de lo necesario y a pesar de sus logros el resultado se siente irregular y fallido.

El motor de “Joy” es sin duda Jennifer Lawrence, en otra de sus interpretaciones enérgicas y llenas de espontaneidad, por mucho que se pueda discutir si es merecida o no su nueva nominación por este rol al Oscar a la mejor actriz -¡ha recibido tres postulaciones consecutivas a la estatuilla en el transcurso de cuatro años, todas por sus papeles en largometrajes de Russell, y recién tiene 25 años!-, premio que ya ganó por “El lado bueno de las cosas”.

Pero al margen de ella, el filme tiene un elenco de lujo al que por desgracia no saca el suficiente partido, sobre todo considerando que hay personajes secundarios a cargo de figuras como Robert De Niro, Isabella Rossellini, Virginia Madsen y la ya octogenaria Diane Ladd.

“El niño”
Aunque esta película ambientada en una tétrica casona en Inglaterra cae en varios lugares comunes del cine de terror y presenta situaciones y giros absurdos o predecibles, al menos hay que reconocer que el director William Brent Bell desarrolla la atmósfera necesaria y maneja bien el ritmo.

El filme no sobresale en el promedio de producciones similares que ya hemos visto, pero es ameno y fluido y hasta ofrece toques ligeros y cómicos a cargo del británico Rupert Evans (“Hellboy”), aunque no puede evitar confiar más de lo necesario en los inevitables golpes de efecto por cuenta del sonido y la efectista banda sonora, los que hacen saltar al público prácticamente como acto reflejo.

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