Casi tres años atrás comentábamos aquí el estreno de la nueva película de Pedro Almodóvar, la disparatada "Los amantes pasajeros", con la que luego de elogiados dramas y melodramas con toques de humor, volvía a filmar su primera cinta en dos décadas que podía calificarse por completo como comedia, aunque le significó algunas de las críticas más negativas de su carrera.

Si bien no se puede negar que este trabajo conseguía provocar unas cuantas risas, su irreverencia se sentía forzada y casi como un intento de volver a capturar el tono ligero y desenfadado de las alocadas producciones que el cineasta manchego realizara en los años 80 antes de saltar a la consagración internacional. Era un ejercicio válido, pero terminó convirtiéndose en la que probablemente sea la obra menos lograda de su carrera.

Por todo esto, quienes hemos seguido y admirado durante años su trayectoria no podemos ocultar la satisfacción por el debut en cartelera de su más reciente largometraje, el número 20, "Julieta", con el cual participó en la competencia oficial en el último Festival de Cannes.

Porque tal vez no sea una obra maestra a la altura de hitos suyos como "La ley del deseo", "Mujeres al borde de un ataque de nervios" o "Hable con ella", pero en muchos aspectos es una de sus realizaciones más logradas y entrañables de los últimos años, muy por encima de entregas interesantes, pero no completamente convincentes como "La mala educación" y "Los abrazos rotos", e incluso tal vez la encantadora, pero algo sobrevalorada, "Volver".

A partir de tres relatos de la Nobel de Literatura canadiense Alice Munro, el guión de Almodóvar desarrolla un cautivador y enigmático relato centrado en la protagonista homónima, una mujer que carga con una angustia y aflicción internas que el espectador irá comprendiendo poco a poco, a medida que ésta deje fluir sus recuerdos, conformando uno de esos viajes entre pasado y presente que el director suele destinar a sus personajes para que estos logren encontrarse a sí mismos, y a veces incluso perderse aún más.

Más sobria y contenida que en otras oportunidades, con detalles fugaces que sin embargo calan hondo -como ese reno en la nieve, que sigue al tren en medio de la noche-, la puesta en escena de Almodóvar incluye guiños a algunas de sus "marcas de fábrica", desde el uso de los colores y los referentes culturales hasta nombres asociados a su cine, como la presencia en el elenco de Rossy de Palma, una bella canción de Chavela Vargas en el soundtrack o la habitual complicidad musical con el siempre talentoso e inspirado compositor Alberto Iglesias.

Como pasa en más de una ocasión en el universo almodovariano, acá también hay momentos en que se debe hacer algunas concesiones a los toques de artificialidad y giros o situaciones de la trama típicos del melodrama clásico y que no todos los espectadores aprecian por igual, pero a cambio se aprecia y disfruta una historia triste, sensible y dolorosa, más sutil que lo habitual, y que sin que el público se dé cuenta termina siendo más emotiva de lo que aparenta.

Y como es casi de rigor en una película de Almodóvar, con buenas actuaciones, partiendo por la excelente Julieta madura de Emma Suárez, digna pariente de algunas de las madres más atormentadas e inolvidables de la filmografía del realizador, como Gloria, Becky del Páramo o Manuela.  

"Buscando a Dory"
Precedida por uno de los cortometrajes más adorables de Pixar en el último tiempo -"Piper"-, esta segunda parte de la recordada "Buscando a Nemo" retoma a sus personajes seis meses después de la historia original, aunque en verdad se estrena luego de 13 años.

Nuevamente dirigida por Andrew Stanton -quien esta vez codirige con Angus MacLane-, ahora se centra en la divertida y olvidadiza Dory, quien decide buscar a sus padres cuando repentinamente recuerda que alguna vez tuvo una familia.

Pudo ser una secuela oportunista y sin alma como hay muchas, pero afortunadamente aunque no llega demasiado lejos y reitera elementos y recursos de la primera parte, de todos modos "Buscando a Dory" funciona muy bien, entretiene, hace reír de buena gana y hasta conmueve nuevamente.

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