No hay una falacia mejor instalada en Chile que esa que asegura que estamos a las puertas del desarrollo. Nuestras exuberantes cifras de crecimiento económico son eso, reflejo de cuánto ha crecido la producción y administración de bienes y servicios, pero en ningún caso son garantía de un progreso social. De hecho, en muchos casos puede provocar el efecto contrario. Hay veces en que la cruda realidad comunitaria, esa que se mira de forma colectiva más allá de las cifras, nos confirma que estamos creciendo, pero no necesariamente avanzando. Crecen unos, pero no avanzan todos.

No hay sociedad que progrese si carece de dos elementos básicos: educación y salud.

Una enseñanza deficiente forma malos profesionales y, por ende, personas que no podrán contribuir como quisieran al correcto proceso de evolución societaria. Una población sin la adecuada cobertura en salud es una sociedad que se enferma, que no genera y que tampoco ayuda a ese progreso.

La educación ya se instaló en el centro del debate político y social. Anclado en el eje de las campañas presidenciales, resulta inevitable que más temprano que tarde el tema sea abordado frontalmente y no como ha ocurrido hasta ahora, por el lado. Mejorar la calidad, el acceso igualitario y disminuyendo ostensiblemente sus costos es el desafío que tendrá por delante el próximo ocupante de La Moneda.

La salud en cambio sigue estando al debe. El vigor de los jóvenes, sumado a la posibilidad para organizarse a través de sus federaciones estudiantiles y redes sociales, les ha jugado a favor de sus convocatorias a marchar. Para los enfermos en cambio, la historia es muy diferente. Por su condición de tal, porque la vitalidad es un bien escaso, porque no cuentan con agrupaciones coordinadas entre sí y porque no tenían un liderazgo que los guiara hacia una movilización organi- zada, sus demandas no se ven nunca en las calles.

Recogió ese guante el periodista Ricarte Soto. Aquejado de un cáncer pulmonar al que le ha dado una pelea frontal, el opinólogo más respetado de la televisión chilena decidió agregar otra batalla a la que ya está librando, una que lo enfrenta con el Estado y los empresarios de la salud para que se cumpla un derecho huma- no esencial, el de acceso a la salud. Ricarte quiere marchar. Pero no quiere hacerlo solo. Ha convocado a los enfermos y sus familiares a volcarse a las calles en las próximas semanas demandando por un acceso igualitario y garantizado a una salud en la que no haya que pagar con un ojo de la cara para salvar algún otro órgano del cuerpo.

En medio de su desgracia, Ricarte tuvo suerte. Un seguro complementario de salud que contrató antes de empezar a navegar por el más turbulento de los mares que ha cruzado, le ahorró millones de pesos y el dolor adicional al bolsillo que el cruel cáncer trae consigo. Pero su alivio económico no lo consuela del drama que otros con su enfermedad y sin su seguro están atravesando. Consciente de una realidad que si no mata corporalmente sí lo hace en lo económico, hizo propia la asfixia de otros.

Con Isapres que obtienen jugosas utilidades, muchas veces acusadas de hacerlo a costa de las mujeres en edad fértil y de los hijos menores de dos años; que aplican aumentos de precios en sus planes de forma arbitraria, y que se dan el lujo de elegir como afiliados a quienes tengan un menor riesgo de necesitar atención médica, la mano se le carga al Estado. Frente a ese modelo segrega- dor, que permite que las instituciones privadas escojan a su clientela, Fonasa debe recoger lo que bota la ola, vale decir, a la tercera edad, las mujeres en edad fértil y las personas con enfermeda- des crónicas.

Con el eterno argumento de que los recursos del Estado son limitados, la cober- tura en salud para el que no puede pagar es deficiente. Y además de escasa, lenta y bu- rocrática, tampoco es barata. Un tema que supo delinear con precisión la escritora chilena Elizabeth Subercaseaux en su libro “Clínica del Este”, la última parte de una serie llamada “Barrio Alto”, donde la también periodista critica desde el genero de la ficción historias reales que ocurren a cada rato.

Con una capacidad particularmente talentosa para describir la textura social chilena, Subercaseaux aborda el negocio de la salud privada chilena y, de paso, lo cara y mala que es la salud pública. Por ejemplo, que una colonoscopía cuesta 69 mil pesos en el sistema estatal. Cuando el salario mínimo sigue estando bajo los 200 mil pesos para una porción relevante de chilenos, esa cifra es impagable y enferma a cualquiera.

La escritora conoce los dos mundos de un mismo Chile. Del que vino, ese aco- modado y que reserva para un puñado los recursos y el poder, y al que se adentró por voluntad propia, ese otro que sufre por la desigualdad, el clasismo y la discriminación. Una Subercaseaux criticando el modelo. No sólo un Soto. Una lo hace desde la mirada literaria y social, y el otro desde la dolorosa realidad vivencial. Ambos coinciden en el mismo diagnóstico. Ahora nos falta el remedio. Y para conseguirlo, Ricarte y su cáncer a cuestas se prepara para marchar. Y Elizabeth para seguir publicando. De Soto a Subercaseaux, la mirada es la misma.