Es habitual que en política, no sólo la chilena sino que también la política mundial, se reaccione con leyes frente a hechos de alto impacto. Es común que se responda legislativamente luego de casos dolorosos o traumáticos y que se propongan regulaciones, comisiones o sanciones ante episodios que sacuden a la sociedad. Ejemplos sobran. Una ley que defienda mejor a los consumidores cuando se hacen evidentes los abusos de algunas empresas, una legislación de violencia en los estadios cuando el comportamien­to delictual de las barras bravas le quitan público al fútbol, una normativa de tolerancia cero al alcohol cuando se disparan los muertos por accidentes de tránsito causados por conductores ebrios, una que mejore las condiciones de los presos luego del incendio en una cárcel, una comisión luego de las protestas de los escolares, otra después de las marchas universitarias, etcétera.

Esto no es de ahora. Ha ocurrido siempre. Y aunque reaccionar siempre es mejor que la inmovilidad, también es pre­ferible prevenir que curar.

Esta semana se anunció que se le pondrá suma urgencia al proyecto de ley antidiscriminación. Siete años después de haber sido enviado al Congreso y luego de discusiones que no han llegado a ninguna parte, ahora el proyecto tiene prioridad. Ahora, cuando para Daniel Zamudio es muy tarde.

Y aunque nunca sabremos si una ley así lo habría salvado de la cobarde tortura a la que lo sometieron, hubiésemos querido que nunca algo así hubiese pasado para tener que discutir por fin el proyecto. Lo más triste, y derechamente preocupante, es que ni siquiera la muerte de Daniel ha servido para convencer a los detractores de esta iniciativa de lo importante que es contar con una ley que declare como principios qué es lo que Chile quiere y lo que no quiere para sus ciudadanos. Aprobar un proyecto así es sentar las bases del país inclusivo y no excluyente que decimos estar construyendo. Una garantía moral que contribuya a disipar los temores de tantos padres que, a partir de este caso, creen tener la excusa para recomendarle a un hijo que es mejor no hacer pública su homosexualidad. La muerte de Daniel tiene que servir precisamente para lo contrario, para que nunca más alguien sea ofendido, discriminado o agredido por su condición.

El caso de Daniel Zamudio ocurre a pocos días de que una Corte internacional condenara al Estado de Chile por haber emitido un fallo judicial que le quitó a una mujer, Karen Atala, la tuición de sus hijas sólo por el hecho de ser lesbiana. Ambos episodios, aunque distintos entre sí, tienen el mismo denominador del prejuicio y la discriminación.

Ambos son, lamentablemente, conceptos y conductas que se repiten más de lo que una sociedad que se dice desarrollada pone en práctica a cada rato. No sólo las minorías sexuales viven esta discriminación. El verano nos dejó un inquietante caso de segregación en un Club de Golf en Chicureo, donde a las nanas no se les trata igual que al resto. Son casos que golpean también a los que tienen menos recursos económicos y culturales. No nos engañemos. Eso de que en Chile queremos al amigo cuando es forastero, nos dura hasta que aparecen los peruanos o bolivianos. Es un Chile donde no siempre se trata igual al que tiene menos educación, donde a los representantes de nuestros pueblos originarios no les tocan siempre las mismas oportunidades y donde, por razones de religión, apellido y hasta apariencia se puede marginar o excluir a alguien sin que nos espante.

Un país que se muestra tantas veces solidario, nos enseña tantas otras también su lado menos amable en un tema que, con dos casos recientes, como el de Karen Atala y Daniel Zamudio, obliga a analizar a fondo qué estamos haciendo mal y por qué. La crítica supera ampliamente el espectro político y alcanza a otros representantes de nuestra sociedad.

Aunque es sabida la postura de la Iglesia Católica frente al homosexualismo, no pocos se preguntaron por qué los obispos tuvieron su reacción de condena una vez que Daniel Zamudio murió y no antes. Se ha cuestionado que monseñor Ricardo Ezzati no visitara en la Posta a esta víctima pero sí que se haya dado el tiempo de ir a ver a una cuestionada figura como Fernando Karadima.

Son críticas transversales que afectan a todo el espectro político y social que tiene representatividad. Lo que llamamos nuestros líderes. A ellos se les viene cuestionando hace ya un largo rato con la pregunta con la que titulamos esta columna: ¿en qué están que no están cuándo y dónde deben?