Una de las fórmulas propuestas para corregir el actual sistema electoral binominal es agregar más senadores y diputados a cada cámara. La idea, con todo respeto, no sólo aparece como un muy mal parche que no subsana para nada un modelo que a todas luces nos quedó chico, sino que sería, literalmente, más de lo mismo. En lugar de prestar oído a los movimientos sociales y ciudadanos, que vienen expresando hace tiempo la imperiosa necesidad de hacer cirugía mayor al actual modelo político, que considera muy poco representativo, nuestros dirigentes prefieren discutir sobre cómo cambiar ese modelo pero sin perder pan ni pedazo.
Teniendo virtudes muchas veces destacadas en estas mismas columnas de opinión, los políticos chilenos muestran también en múltiples oportunidades sus pequeñeces e irresponsabilidades sin avergonzarse de ellas. La última es de antología.
El miércoles 18 de enero pasado, la Cámara de Diputados rechazó una disposición que prohibía fumar en pubs, restaurantes y casinos de juego. La iniciativa endurece la actual ley del tabaco y va en directo beneficio de la salud de la población. ¿Por qué se rechazó entonces? Las excusas son tan insólitas como infantiles.
Un parlamentario explicó que al momento de la discusión legislativa “había mucho ruido” y que escucharon al revés, votando en contra cuando querían hacerlo a favor. Mas increíble fue la explicación de un diputado comunista que dijo que “como suelo votar todo en contra de lo que vota la derecha, entonces cuando la derecha dice sí, digo no”. Aquí está claro que las explicaciones agravan la falta.
Poner de acuerdo a nuestros parlamentarios nunca ha sido menester fácil. Nos pasamos una década discutiendo una necesaria ley de divorcio. Los que se opusieron durante todo ese tiempo argumentaron que una legislación así sólo incentivaría las separaciones y haría caer la institución del matrimonio. Pues bien, el 2011 los matrimonios llegaron a su nivel más alto de los últimos 10 años, alcanzando un total de 66.132. Los divorcios llegaron a los 47.076, cayendo un 8,6% en el último año. Paradójicamente, fue la ley de divorcio, que entró en vigencia el 2004 y que posibilitó que muchos chilenos que convivían pudieran formalizar sus relaciones, lo que incentivó a su vez el matrimonio. Una década de discusiones que se fue al tarro de la basura, porque la tozudez de algunos impidió contar antes con esta legislación.
¿Cuántos proyectos de ley duermen en el Congreso? ¿Cuántos otros llevan años de tramitación y no han avanzado nada? No se niega que el trabajo legislativo sea duro. Pero seamos justos. De un total actual de 38 senadores, desde marzo a diciembre sólo dos de ellos tuvieron un 100% de asistencia. Hay inasistencias justificadas. El caso del PRO René Alinco –el más ausente- porque estuvo 42 días preso por manejar curado. O el de la RN Lily Pérez, que faltó 35 días por enfermedad. Una justificación más digna que la otra, por cierto.
No hacen su pega los políticos cuando discuten cuestiones de forma, anulando los impostergables temas de fondo. Resulta muy poco entendible que la UDI rechace el acuerdo entre Renovación Nacional y la Democracia Cristiana sólo porque se negoció a sus espaldas. No hay un solo argumento sobre el contenido del pacto. Peor todavía, el gobierno también lo desecha aún cuando fue el propio Presidente quien semanas atrás pidió a los partidos buscar los acuerdos necesarios con la oposición. ¿De qué estamos hablando?. ¿Dónde estamos poniendo los énfasis? Resulta poco presentable que el vocero de ese mismo gobierno acuse a la Concertación de no haber querido modificar el sistema binominal en 20 años cuando sobran pruebas de lo contrario.
No es serio de parte de la Concertación anunciar por anticipado que rechazará el proyecto de ley de presupuesto sin haber leído una sola página de la iniciativa. Tampoco es serio que la senadora Ena Von Baer envíe mails masivos a miles de chilenos mayores de 18 años haciéndose campaña, diciendo que como senadora luchó incansablemente para que la ley de inscripción automática llegara a buen puerto, cuando la realidad dice otra cosa.
No habla bien de nuestra clase política que en lugar de estar discutiendo mecanismos que permitan saber dónde están los restos de cientos de desaparecidos que aún no aparecen, algunos prefieran debatir sobre cómo se le debe denominar al gobierno que los hizo desaparecer. Un país avanza cuando consigue cicatrizar sus heridas. No hay sanación si se ofende la memoria de la víctima, relativizando con eufemismos la descripción del victimario.
Siempre se ha dicho que la vida del político está llena de sacrificios. Es cierto, pero no más que la de cualquier trabajador chileno. La diferencia está no sólo en los suculentos ingresos, que ya se quisiera cualquier compatriota, sino en que viven sin tener que dar demasiadas explicaciones ni rendir cuentas. Con un sistema electoral binominal que quieren cambiar pero dejándolo igual, podrían mantenerse en sus cargos de por vida. Eso, señores, es lo que yo llamo la buena vida y la poca vergüenza.
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Publicado 22:10 h. 26-01-2012





















































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