El arribo de la ex Presidenta Michelle Bachelet estuvo cargado ayer de una serie de señales, las mismas que podrían anticiparnos el comportamiento político de los próximos meses. Señales que, a decir verdad, parecen poco prometedoras de lo que viene.

A su llegada, la candida- ta presidencial del PS-PPD evitó todo diálogo con la prensa. Habló, pero no con los medios, sino que ante los representantes de su fundación, Dialoga, nombre paradojal cuando lo que ahí hubo fue un monólogo más que un diálogo. Al salón del aeropuerto Pudahuel que recibió a la ex Mandataria, no se permitió el acceso de los periodistas, sino sólo de camarógrafos. Imagen, no palabras, mucho menos pre- guntas. Y hay muchas que todo buen reportero querrá legítimamente hacerle a la única candidata que, hasta ahora, no ha conversado con los medios.

Otra señal tanto más inquietante fue la primera imagen que quiso proyectar Bachelet ahora que vuelve a Chile. En el aeropuerto estuvo flanqueada por los al- caldes, de Santiago, Carolina Tohá, y de Pudahuel, Johnny Carrasco, dos carismáti- cas autoridades de harto respaldo popular. No hubo rastro de los presidentes de los partidos que se pararán detrás de su candidatura. No asomaron la nariz los históricos dirigentes de la Concertación. No estaban ni Osvaldo Andrade ni Cami- lo Escalona. Menos Guido Girardi. De hecho, apenas supieron con certeza del día y hora de su arribo el fin de semana pasado y varios de ellos se enteraron por el diario. La señal no pudo ser más clara: marcar una distancia con los represen- tantes del conglomerado opositor. Ante el persistente rumor de que su comando estará conformado por gente joven, la separación que reflejó a su llegada no pudo ser más obvia.

Algo se confirma en esta señal: su equipo estará aleja- do de los partidos. El objeti- vo parece ser el de demos- trar que hay algo nuevo, un desafío necesario para quien ya tuvo la oportunidad de gobernar y cuando parecen ser los mismos de antes los que podrían acompañarla en una eventual segunda aventura.

Ese alejamiento de las cúpulas políticas aparenta ser algo imperioso para ella. La Concertación de la que se desafecta, la misma que la llevó al poder hace siete años, es la que hoy podría complicarla. Mal evaluada e intentando reordenarse y ampliarse, la coalición sufre aún los desajustes propios de haber perdido el poder. Su último balazo en el pie fue haber presen- tado una acusación constitucional contra el ministro de Educación, Harald Beyer, y descubrir el mismo día que entre varios de sus líderes no existía apoyo. Dicho de otra forma, no había suficiente agua en la piscina para tirarse tamaño piquero. Ante el riesgo obvio de ser emplazada para que explique qué hizo en su Gobierno para evitar el lucro, Bachelet marca dis- tancia. Es justo preguntarse si hará algo similar con las autoridades formalizadas en el caso tsunami y si respal- dará a su ex subsecretario del Interior, Patricio Rosen- de, que esta semana le puso el pecho a esas balas que intentan apuntarle a la ex gobernante, al decir que “de mí no pasarán”.

Al margen de episodios puntuales, sus retos por delante -y por lo mismo sus señales-, serán clave. La clase política ha sido puesta en jaque por una ciudadanía movilizada. Y en el resumi- dero de un debate complejo, se termina siempre en la conclusión de que hay que cambiarlo todo. Ya sabemos en qué terminan las cosas cuando se desprecia dema- siado a la clase política. Tan cierto es eso como lo es la necesidad de que esa misma casta que nos dirige vuelva a legitimarse.

El desafío es complejo porque a las deudas que existen en temas puntuales como educación, energía o reforma tributaria y electoral, se suman otros de factura mucho más amplia y compleja, como comba- tir la desigualdad, generar una inclusión social más robusta y ampliar los dere- chos civiles. Con un poder concentrado, muy elitista y donde la meritocracia sigue siendo promesa hecha pero no cumplida; en un país que demanda legitimidad social, mayor participación política de las mujeres; que clama por acciones afirmativas que eliminen la discriminación y que promuevan la renovación política, no sirven sólo las señales sino que las acciones concretas.

Sobra malestar por la forma de hacer política, de hacer negocios y de construir sociedad que nuestros dirigentes han implementado y administrado durante décadas. Lo que falta en cambio es entendimiento. Que de lado y lado se defi- nan propósitos comunes. Se requiere de un diálogo que abarque a todo el espectro político. En simple, que se debata sobre qué caminos conducen mejor a objetivos comunes. Si el mundo políti- co le sigue dando la espalda a esos cambios, nada bueno se puede esperar. Pero si la primera señal que da un can- didato es el de distanciarse de la clase política con la que debe hacer los cambios, la cosa se ve peor.

A meses de que se cumplan los 40 años del golpe militar y a 23 del retorno de la democracia, la transición cumplió hace muchos años el rodaje que necesitaba. Y nuestros políticos, los de siempre y también los nuevos, ya están grandecitos para asumir el desafío que tienen por delante.

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