Las expectativas son altas. La responsabilidad, enorme. Hoy en el Senado, a partir de las once de la mañana, se discutirá el proyecto de fortalecimiento y transparencia de la democracia. Instancias como éstas son una oportunidad histórica. Quienes creemos en las ideas de la libertad y en una política moderna al servicio de las personas, sabemos que hoy es un día donde el cambio puede abandonar los discursos y entrar en la realidad.

Nueve meses han pasado desde que la Comisión Engel presentó sus propuestas para terminar con la corrupción, tráfico de interés e influencias en política. Casi trecientos días donde la recepción ha sido dispar. No me gusta ser absolutista, pero me atrevo a decir que en un principio todos, sin ninguna excepción, valoraron la creación de ésta comisión asesora presidencial. Recuerdo como las palabras de apoyo a la decisión presidencial abundaban en los medios, al igual que la disposición de todos a colaborar en el trabajo de ella.

Éstas, con el tiempo, el avance de las investigaciones y los nuevos casos que han salido a la luz, se fueron diluyendo, al nivel que hoy, ad portas de la discusión del proyecto, nos enfrentamos a una realidad muy por lo bajo de lo esperado. Una realidad en la cual no hay que ser analista político para entender que lo que se pretende aprobar no es ni cercanamente necesario para evitar que la política caiga nuevamente en los vicios y por qué no decirlo, tragedias que ha caído.

Hoy a la sala llegará un proyecto dominado por los partidos tradicionales. Un proyecto donde, por ejemplo, la reinscripción de militantes no es mirada como algo deseado. No es mirado como una forma de sanear los padrones, limpiar a esos “militantes fantasmas” para así medir a los partidos según el tamaño que realmente tienen. Sino que es vista como una amenaza, como un peligro para quienes no quieren perder el control y para quienes odian la competencia. Algo que es una discriminación evidente, llegará hoy a la sala como algo que es mejor evitar.

Lo mismo pasa con el financiamiento de los partidos y su transparencia y democracia interna. Cuando se trata de acceder a recursos públicos, el empacho es nulo. No me mal interpreten. Creo que la política debe ser financiada. Es una actividad que requiere del esfuerzo y dedicación de mucha gente. Pero también creo firmemente que si se financia con recursos estatales, de todos los chilenos, ésta debe ser fiscalizada al milímetro (como por ejemplo con un Servel con colmillos  y no dientes de leche) y además con fundamentos justos. El parámetro debe ser el aporte que hacen los partidos a la educación cívica, a la promoción de valores sociales y al bien común, no a la cantidad de escaños que logren en el congreso. Medida defendida por los partidos tradicionales, que por lo demás discrimina a los partidos que pongan sus esfuerzos en sacar adelante a alcaldes y concejales y no logren parlamentarios.

Después de nueve meses, ha llegado la hora de la verdad. Hoy veremos si las intenciones de mejorar y fortalecer nuestra democracia son reales o simplemente frases para la tribuna. Hoy, después de nueve meses sabremos si la oportunidad histórica que se nos presenta será tomada para decirle “¡nunca más!” a las irregularidades y delitos en política o será un “perdonazo” de esos que poco a poco van destruyendo nuestra capacidad de asombro. En lo personal, creo que hoy, después de nueve meses es hora de hacer un cambio, de remecer los cimientos.