Hace un poco más de un mes, por este mismo medio, escribí una columna sobre algo que hasta el momento pocos comentaban, pero que hoy es un término totalmente acuñado y difícil de ignorar; la colusión política.

Me refería a esta cómo la “hermana de la colusión económica”, ya que funciona bajo principios similares. En ambos casos, quienes la ejercen, en un pánico inexplicable hacia la competencia y la libertad de elección, hacen uso del poder que ostentan para controlar la oferta de algo. Ya sea oferta de papel confort, pollos, remedios u opciones políticas, todos los que protegen esta forma de actuar funcionan motivados por los mismos incentivos anti competitivos.

Seamos más claros. En el caso del papel confort, dos grandes y tradicionales empresas se unieron para, en primer lugar, protegerse. Ambas consideraron que la existencia de otras opciones para los consumidores era una amenaza. Tenían miedo que si una de las empresas que les competía ofrecía un mejor producto o un mejor trato a la hora de generar la venta, todo su imperio se les iba a derrumbar como una torre de naipes.   Acá, insisto, lo importante no era la industria ni el consumidor, sino que el cheque a fin de mes.

En segundo lugar, y siendo coherente con lo primero, debían eliminar la competencia, pero ganando plata.. Es por esto que de manera escondida, ilegal, secreta, bajo las tinieblas, se juntaban a subir los precios de manera concertada y coordinada, para que nadie sospechara y todos siguieran comprando. Esto explica por qué si usted pagaba 1000 pesos por papel higiénico o confort el año 2010, hoy está pagando casi 1400.

En política el tema es similar, por no decir igual. Dos grandes conglomerados, la Alianza y La Nueva Mayoría, a pesar de sus disputas públicas que adornaban los noticieros centrales y primeras planas de muchos diarios, se unieron para protegerse. Al igual que los señores del papel confort, le tienen pánico la competencia. No quieren perder sus privilegios, tienen pesadillas con que sus castillos de naipes se derrumben. Coherentes a esto, le han puesto enormes barreras de entrada  a los partidos y movimientos nuevos. Mientras ellos sólo necesitan de un correo electrónico para reinscribir a uno de sus militantes (incluso de esos que hace 20 años no van a la sede del partido) a los partidos emergentes los obligan a llevar a sus futuros militantes ante notario, con todo lo que sabemos que eso implica.

Con la ayuda de La Moneda, estos tradicionales bloques están sacando leyes que lo único que busca es proscribir la existencia de nuevos partidos. Quieren, también en las tinieblas y con el poder que la ley les otorga, mantener sus añejos privilegios.

Es tanto el miedo a la competencia que existe y el pánico a la falta de control que existe, que las regiones, ésas donde todos los políticos dicen tener su corazón, se convirtieron en una amenaza. Los parlamentarios de la Alianza y la Nueva Mayoría, que tanto se lavan la boca hablando de regionalismo en sus campañas y sus semanas distritales, votaron en contra de la existencia de los partidos regionales; es decir todas las regiones que valiente y arduamente han trabajado para crear movimientos sociales, ONG, grupos ciudadanos para pelear por el agua, el bosque, la violencia como en el caso de la Araucanía, no van a poder tener expresión política, porque todos estos parlamentarios se han coludido para que no existan partidos regionales.

Se necesita más que una o varias leyes malditas para detener a quienes creemos en la libertad y en la necesidad de hacer que la política de una vez por todas termine con el binominalismo menta que muchos, por intereses propios, quieren mantener. Desde el centro político somos muchos, y cada día más, los que con viento y marea vamos a competir y trabajar para que quienes hoy se aterran con la competencia, tarde o temprano la enfrenten. Somos miles, y cada día más, los que juntos le estamos poniendo fin a ese Chile en el que los poderosos de siempre manoseaban el concepto de libertad para abusar de la ciudadanía y mantener un castillo de naipes que está pronto a derrumbarse.

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