Seamos sinceros. Pasó lo que muchos de una u otra forma sabíamos que iba a pasar. Para nadie fue una gran sorpresa lo que ocurrió en las pasadas elecciones presidenciales en Estados Unidos.

Muchos veían que por un lado venía Hillary Clinton con una base sólida de votos y con un historial político que le otorgaba mucha confianza en altos cargos públicos y, por otro, un empresario excéntrico en todo el sentido de la palabra, sin filtro alguno que proponía construir muros, destruir tratados, expulsar a algunos e invitar a otros. Pero esa es una mirada simplista, carente de análisis.

Diversos estudios (sí, estudios, no encuestas) en Estados Unidos, previos a la elección, le otorgaban varios atributos positivos a Clinton. La daban como la que menos desconfianza generaba, la que más experiencia podría tener para el cargo, la que tenía mejor carácter, etc. Siempre, seguida por Donald Trump pocos puntos porcentuales por debajo. Pero hubo una pregunta que al menos a mí me hizo mucho sentido. “¿Quién cree usted que puede traer cambio?”. El 81% de las personas se inclinó por el candidato del extravagante peinado.

Esto nos enseña algo muy importante. Más allá de dejar en claro que las encuestas en países con voto voluntario son sumamente poco útiles, es que hay que saber leer a la gente. Hoy en día los atributos de la política clásica no son tan valorados como la aspiración al cambio. La gente quiere cosas nuevas, caras nuevas, ideas nuevas, independiente de si esto implica un riesgo enorme. Esto, en los años 20 era algo impensable. La gente valoraba la seguridad y la estabilidad por sobre todas las cosas. Pero hoy, en el siglo XXI, donde los jóvenes no tienen problema alguno en renunciar a sus trabajos para ir a recorrer el mundo en búsqueda de nuevas experiencias, las prioridades son otras.

Hoy no sólo sabemos quién es el nuevo presidente del país más importante del mundo, sino que sabemos cómo piensan, qué quieren, a qué aspiran y qué no quieren los millones de habitantes de ese país. Conocemos la tendencia. Trump en la Casa Blanca es la demostración que la lectura clásica de la política está obsoleta.

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