Cerca de 3 millones de niños y jóvenes vuelven esta semana a sus liceos, colegios y parvularios. Miles de padres vivieron la emoción inolvidable del primer día de clases de su hijo. En el momento en el que lo dejaron en la sala de clases, la escuela se convierte en su segundo hogar y también en una aliada de la familia en la tarea educativa. Mientras que los profesores pasan a desempeñar el importante rol de co-formadores junto a los padres.

Por ello, Gabriela Mistral decía que “No hay en el mundo nada tan bello, ni mayor acto de amor, ni más alta forma de buscar a Dios que enseñando a un niño” pero agregando también que la pedagogía “es también la más terrible en el sentido de tremenda responsabilidad”. Los docentes que educan a sus estudiantes con ese apasionado espíritu mistraliano, dejan de ser meros transmisores de conceptos y lecciones, para convertirse en aquellos maestros que recordamos toda la vida con admiración y gratitud, porque nos enseñaron a aprender con el mismo cariño que nos corregían y aconsejaban.

Fue uno de esos maestros el que despertó mi vocación profesional, motivándome a estudiar Pedagogía en Historia. Como profesora, siento un enorme respeto por aquellos que eligieron desempeñar una labor tan trascendente como difícil e incomprendida. Por diferentes razones, en Chile la vida del profesor es muy sacrificada. Muchas exigencias, grandes responsabilidades y escasos reconocimientos. Como es lógico, esta dura realidad desalienta a muchos jóvenes al momento de elegir una carrera, haciéndolos optar por otras más atractivas.

Lamentablemente, la mayoría de nuestros profesores no están bien. Por una parte, ganan un 39% menos que el promedio de la OCDE y, por otra, los resultados de la Evaluación Docente de 2014 señalan que el 68,2% de los docentes se encuentra en el nivel básico y el 2,7% en el insatisfactorio respecto de su desempeño en la sala de clases. Y sabemos que sin buenos profesores no hay buena educación, por ello es clave elevar la calidad de la formación de los docentes tanto en su nivel de conocimientos como en las habilidades que deben enseñar. Para ello es indispensable mejorar los incentivos académicos y económicos para que realicen su mejor esfuerzo por aumentar el aprendizaje de sus alumnos.

Fortalecer la calidad y el trabajo de los profesores es un factor decisivo pero también se requiere del compromiso de la comunidad escolar: directivos del colegio, alumnos y familias, para empujar juntos y en el mismo sentido el carro de la buena educación dentro y fuera de la sala de clases. Es lo que lograron hacer los Liceos Bicentenario con muy buenos resultados tanto en el SIMCE como en la PSU del 2015.

Lamentablemente, hasta ahora el actual Gobierno ha impulsado pocas iniciativas que apunten a mejorar la calidad de la educación. Las cifras de la encuesta Cadem publicada ayer son elocuentes: el 51% rechaza la Reforma Educacional, el 60% reprueba la gestión en educación del Gobierno, mientras que el 70% reprueba a Bachelet a pesar de la implementación parcial de la gratuidad universitaria.

Sin embargo, no podemos dejar que las deficiencias del Estado en educación perjudiquen las oportunidades de nuestros niños y jóvenes. Los padres podemos y debemos fortalecer la formación humana, intelectual y académica que reciben nuestros hijos en el colegio, manteniéndonos comunicados con los profesores, informados sobre lo que aprenden y, muy especialmente, estando siempre atentos a mostrarles a través de hechos concretos cuánto los amamos. 

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