Lamentablemente fracasaron las reformas del Gobierno. Y digo lamentablemente porque es malo para los chilenos que a un gobierno le vaya mal. La mayoría ve con pesimismo el futuro y cree que el país va por mal camino. A lo anterior se suma la decepción de quienes creyeron que las reformas mejorarían las cosas o que, al menos, no las empeoraría como finalmente ocurrió.

Nos dijeron que la Reforma Tributaria no afectaría al empleo ni a la inversión, y que serviría para financiar la Reforma Educacional. Sin embargo, por quinto mes consecutivo aumentó el desempleo llegando a 6,8%, lo que significa que hoy tenemos 588 mil compatriotas sin trabajo, mientras que la inversión cayó en 8% durante 2015. Tampoco sirvió para dar la gratuidad prometida ni para financiar, por ejemplo, la desmunicipalización de los colegios públicos.

Nos aseguraron que había que cambiar la actual Constitución porque ella no era representativa, no obstante en los debates para la nueva Constitución solo participaron 100 mil personas de las casi 15 millones habilitadas. ¿Qué representatividad o legitimidad tendría una Constitución discutida por sólo un 0,68% de los chilenos?

Nos dijeron que la Reforma al Binominal “tendrá costo cero para el Estado”. Sin embargo, un informe de la Biblioteca del Congreso afirma que los chilenos gastaremos 15 mil millones de pesos anualmente para pagar el aumento de 47 parlamentarios que propuso la Nueva Mayoría. ¿Es sensato gastar $15 mil millones en más diputados y senadores existiendo tantas urgencias sociales pendientes?

Nos dijeron que con la gratuidad y la Reforma Educacional, la educación superior sería más inclusiva, diversa y de mejor calidad. Sin embargo, hasta ahora la gratuidad sólo beneficia a un pequeño grupo de estudiantes universitarios y la promesa de la gratuidad universal quedó condicionada al futuro crecimiento económico del país.

Hemos escuchado a la ministra de Educación "pasar la pelota" irresponsablemente a los próximos gobiernos en cuanto a buscar de dónde sacar este financiamiento. Por otra parte, el Gobierno pretende entregar más dinero fiscal a las universidades del Estado que son las que tienen menos estudiantes vulnerables y que además exigen más alto puntaje en la PSU. ¿Por qué no aumentamos la ayuda económica directamente a los alumnos vulnerables? ¿Por qué no dejamos que los jóvenes decidan dónde quieren estudiar en lugar de obligarlos a elegir una institución estatal?

 

Las reformas fracasaron y así lo confirman las encuestas: 67% reprueba la Reforma Educacional, 60% desaprueba la Reforma Laboral y 58% no está de acuerdo con la Reforma Tributaria. Por lo tanto, es lógico que el 62% de los chilenos desea que las reformas sean retiradas o moderadas, tal como lo dio a conocer la última encuesta de Cadem.

¿Ha escuchado lo que responden ciertos personeros cuando les preguntan por qué la mayoría rechaza las reformas? Algunos dicen que es porque la ciudadanía no las entiende bien o les falta información. Otros sostienen que este rechazo se debe a un fenómeno mundial. Pero hasta ahora nadie se atreve a reconocer que las reformas no salieron como ellos querían o que quizá hubo errores de diseño o un diagnóstico equivocado. Ni asomo de autocrítica, ni de realismo.

Pero se equivoca la Nueva Mayoría. Los chilenos no desaprueban las reformas porque no las entienden sino al contrario, porque ven que en lugar de mejorar la educación, la salud y los empleos de las personas, ellas le dieron más poder al Estado para que éste decida en qué colegio estudiarán sus hijos, en qué universidad o instituto gratuito deberán matricularse y hasta cuántos jóvenes podrán estudiar una carrera determinada.

Las reformas fracasaron porque éstas no eran las reformas que Chile necesitaba y que aún estamos esperando.

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