Hace pocos días, la organización Techo Chile informó que en los últimos 5 años aumentaron en más de 10 mil las familias que viven en campamentos. Es decir, si en 2011 había 27.378, este año tenemos 38.770 familias sufriendo no solo la necesidad de una vivienda digna, sino también de servicios básicos como agua potable, luz eléctrica y alcantarillado.

Detrás de estas cifras hay familias, hombres, mujeres y niños que enfrentan con mayor dureza y crueldad males que afecta a toda la sociedad, como la delincuencia, la cesantía, la mala calidad de la salud y la educación, la drogadicción y el alcoholismo, entre otros.

Y muchas de las mujeres que viven en esos campamentos enfrentan enormes obstáculos: tienen menores posibilidades de acceder a trabajos; enfrentan más trabas para encontrar un empleo, y una vez que lo consiguen obtienen sueldos relativamente menores a los de los hombres, aunque tengan niveles similares de capacitación que ellos.

¿Por qué en 2016 más chilenos viven en campamentos que en el pasado? ¿Fallaron las políticas estatales que combaten la desigualdad o aquellas que incentivan el crecimiento y las libertades económicas?

Durante décadas, dentro y fuera de Chile, las estrategias para mejorar la calidad de vida y reducir la pobreza se dividieron en dos grupos extremos. Por un lado estaban los partidarios de la libertad económica, y por el otro, los promotores de la igualdad social. Como libertad económica e igualdad social eran consideradas incompatibles, en varias ocasiones el avance de la igualdad social significó el retroceso de las libertades económicas, mientras que en otros momentos, el predominio de las libertades económicas se tradujo en la postergación de la igualdad social.

La historia nos muestra ejemplos de países que se esforzaron tanto por combatir la desigualdad social entre sus ciudadanos, que terminaron restringiendo las libertades personales y los incentivos al esfuerzo, al mérito, a la innovación y a la creatividad, estancando el crecimiento económico y aumentando sus niveles de desempleo, pobreza y marginalidad. Mientras tanto, otras naciones siguiendo la estrategia opuesta, se empeñaron tanto en ampliar las libertades individuales y disminuir la esfera de influencia del Estado, que terminaron siendo paises sin cohesión social y sentido de comunidad o ciudadanía.

Chile ha vivido experiencias cercanas en ambos sentidos. En el pasado, hubo una época donde prevaleció la preocupación por crear mucha riqueza pero poniendo muy poca atención a las crecientes desigualdades entre los chilenos. Hoy en cambio, pareciera que el Gobierno por centrarse en terminar con la desigualdad, descuidó las condiciones que favorecen el crecimiento económico, la creación de empleos y la movilidad social. Descuido que podría terminar aumentando la desigualdad, en lugar de eliminarla.
 
Entonces, qué necesita Chile, ¿libertad o igualdad? Ambas, obviamente, porque son plenamente compatibles. Para disminuir la pobreza, la marginalidad y los campamentos no basta con tener políticas de Estado contra la desigualdad, también se requiere estimular la libre participación de la sociedad civil, motivando a que cada vez más chilenos emprendan con la confianza en que su trabajo y esfuerzo serán retribuidos justamente.

Así lo comprendieron los gobiernos pasados y ojalá también el que elegiremos a fines del próximo año.

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