Desde que Chile recuperó la democracia hasta ahora, nunca un Presidente de la República se había querellado en contra de un periodista. Ese solo hecho explica en buena parte la conmoción que ha generado en el país y en el extranjero la querella de la Presidenta Bachelet contra cuatro periodistas de la revista Qué Pasa.

La querella en que se pide que se castigue con 3 años de cárcel y una multa de 7 millones de pesos a los responsables de la publicación sobre el Caso Caval ha provocado una amplia reacción transversal en defensa de la libertad de prensa y de expresión.

¿Acaso un Presidente de la República no tiene derecho a defender su honra? Por supuesto que sí, pero la querella criminal no es el medio para que un Mandatario se defienda porque existen otras opciones disponibles como, por ejemplo, hacer uso del derecho legal de réplica al medio periodístico, acudir al Consejo de Ética de los Medios de Comunicación, realizar una conferencia de prensa o, en último caso, entablar una demanda civil pidiendo indemnización de perjuicios.

Edison Lanza, relator sobre libertad de expresión de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, explicó claramente por qué es grave que un Presidente se querelle contra un periodista: “Es un mecanismo desproporcionado considerando las sanciones y consecuencias que tiene como efecto inhibitorio en la labor periodística y puede tener un efecto más general de autocensura en las investigaciones que realizan los periodistas”.

¿Por qué fue grave que la Presidenta se haya querellado contra los periodistas de Qué Pasa? Porque la libertad de prensa es sólo una parte integrante del todo que es la libertad como principio. La libertad de expresión y el derecho a la información son condiciones fundamentales para la existencia de una democracia plena. Ellas permiten que las personas puedan formarse su propia opinión, compararlas con las de los demás y respaldar o no a una determinada forma de pensar. Todo ello sólo es posible cuando existe un periodismo libre en el que cada medio de prensa puede informar a la ciudadanía sin temor a sufrir represalias. Por ello, el respeto a la libre expresión de ideas es el mejor antídoto contra la intolerancia y el fanatismo.

A su vez, la libertad de expresión está estrechamente vinculada con el derecho a la información y ambos son expresiones de la condición social del hombre como miembro de una comunidad. Por eso, cuando se censura a una persona o a un grupo de personas, no sólo se atenta cona la libertad de expresión y se priva arbitrariamente de información a determinados individuos, sino a toda la sociedad, pues es la sociedad completa la que se empobrece al impedir la expresión y libre circulación de ideas y opiniones políticas, filosóficas, científicas o religiosas.

Recordemos la hermosa frase que se atribuye a Voltaire: "No estoy en absoluto de acuerdo con tus ideas, pero daría mi vida por tu derecho a defenderlas".

Gracias al ejercicio del periodismo libre ha sido posible conocer no sólo la comisión de crímenes y delitos que podrían haber permanecido ocultos e impunes, sino también de abusos y discriminaciones arbitrarias. Las libertades de expresión y de información no sólo son derechos de los medios de comunicación o de los periodistas, son derechos fundamentales de todas las personas que permiten controlar, fiscalizar y limitar al poder político, social y económico.

Cuidemos siempre la libertad de expresión de todos, porque con ella se da una paradoja: cuando existe, nadie la echa de menos y, por lo tanto, nadie la defiende. Y cuando es restringida o suprimida, ya nadie puede salir públicamente en su defensa, justamente porque ya no existe libertad de expresión.

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