La profunda conmoción que produjo el cruel asesinato de Daniel Zamudio en 2012 reveló que la sociedad chilena había cambiado. En otros tiempos las agresiones que sufrían los homosexuales apenas llamaban la atención de la prensa. Lo mismo ocurría con los feminicidios, descritos como ”crímenes pasionales", motivados por "ataques de celos". Y hasta hace poco tiempo, los humoristas de casi todo el mundo contaban chistes sobre judíos, negros, ciegos, sordos, mudos y gordos, entre otros.

Hoy burlarse de una persona por su raza, sexo, credo, origen social o características físicas no sólo dejó de ser gracioso, sino además constituye una discriminación arbitraria que puede llegar a ser delito. ¿Por qué? Porque en el chiste que se mofa de una persona por sus cualidades subyace un atentado contra su dignidad, deshumanizándola a través del menosprecio o la humillación.

Cuidar el lenguaje evitando descalificar a las personas no es mera corrección política sino la expresión del principio sobre el que se sostiene toda sociedad democrática: el respeto. Hay respeto cuando considero a las personas como mis iguales, es decir, cuando las trato como deseo que ellas me traten a mí. Esa es la base de una sociedad civilizada, tolerante y diversa donde no se impone el más fuerte sino la ley, ante la cual todos valemos lo mismo y tenemos los mismos derechos.

Sin embargo, hoy estamos constatando una paradoja: mientras las sociedades se esfuerzan por dejar atrás aquellos términos y formas de trato que ofenden o discriminaban a ciertos grupos, simultáneamente cada día presenciamos -especialmente en las redes sociales- insultos, burlas y prácticas de acoso dirigidas contra distintos tipos de personas por diferentes motivos. Pareciera que en estas redes atacar el derecho a la honra goza de una aparente impunidad que incentiva a actuar como matones a quienes en la vida real carecen de la fuerza suficiente para serlo.

Si la esencia de la democracia está en la posibilidad de vivir en una sociedad donde las leyes garantizan el pleno ejercicio de las libertades y  derechos de todos sus ciudadanos por igual y en el respeto a la dignidad humana, no es razonable permitir expresiones de intolerancia o actos que promueven el odio y la violencia contra otros ciudadanos. No es legítimo invocar la libertad de expresión para vulnerar los derechos y las libertades de otro.

En su libro “La sociedad abierta y sus enemigos”, Karl Popper al formular su “paradoja de la tolerancia”, escribió: “Si extendemos la tolerancia ilimitada aun a aquellos que son intolerantes; si no nos hallamos preparados para defender una sociedad tolerante contra las tropelías de los intolerantes, el resultado será la destrucción de los tolerantes y, junto como ellos, de la tolerancia”.

Es decir, si queremos seguir viviendo en una sociedad democrática, libre y diversa donde se respeten nuestras diferencias no podemos ser tolerantes con los intolerantes.

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