Dicen que el hombre es el único animal que tropieza 2 veces con la misma piedra, pero el Gobierno con su Reforma a la Educación Superior, demostró que se puede tropezar 3 vecesŠo más. La piedra es el prejuicio ideológico, el dogma estatista que estuvo presente en la Reforma Educacional, en la Reforma Tributaria y ahora también en la iniciativa que establece la gratuidad universal.

Ya en el mensaje del proyecto hay errores producto del ideologismo como, por ejemplo, desconocer que durante largas décadas, y a pesar de ser gratuita, la cobertura de la educación superior fue mínima, es decir, sólo un grupo de privilegiados podía matricularse en alguna universidad. Además, desde fines del S. XIX y durante gran parte del S. XX hubo sólo 7 universidades, de las cuales 2 eran estatales y 5 eran privadas. Hoy, tal como sucedió en el pasado, la gratuidad universal no hizo que la educación fuera más inclusiva.

El segundo gran error histórico del proyecto es negar el impacto positivo de las reformas de la década del 80 que ampliaron y diversificaron el acceso a la educación superior. Si en los años 70 había apenas 140.000 estudiantes, hoy existe más de 1 millón de jóvenes estudiando. Y el 70% de esos jóvenes son la primera generación en sus familias que ingresa a este tipo de educación. ¿Cómo llegamos a este millón de estudiantes?, no por la acción del Estado sino gracias a la creación de las nuevas universidades privadas, institutos profesionales y centros de formación técnica. Hoy tenemos 86,6% de cobertura bruta superando incluso el promedio de la OCDE (71,4%). Chile es el país con mayor cobertura de América Latina, superior a los países con educación gratuita.

Algunos dirán que ahora el problema no es la cantidad sino la calidad. Pero eso no es completamente cierto. Hace unos días apareció el ranking de Times Higher Education en Latinoamérica, uno de los rankings más prestigiosos y más reconocidos mundialmente. El resultado: 11 universidades chilenas estén entre las 50 mejores de Latinoamérica. De esas 11 Universidades, 4 son estatales y 7 son privadas. De todas maneras hay que seguir avanzando, acreditando a las instituciones que faltan y exigiendo estándares de calidad más exigentes.

Es cierto que nuestro sistema de educación superior necesita mejorías, pero no son las que propone el Gobierno que se hace cargo de la prioridad más urgente de todas: continuar aumentando el acceso de los jóvenes más pobres. Hasta ahora, sólo el 27,5% de los jóvenes más pobres estudia en alguna institución de educación superior, mientras que en el grupo más rico accede el 57,5%. Hoy día casi medio millón de jóvenes vulnerables están fuera de la educación superior. Reducir esa brecha es una prioridad social y la reforma del Gobierno no ayuda a disminuirla porque la gratuidad universal no le sirve a un joven que tuvo una educación preescolar o escolar que no le entregó ni los conocimientos ni las destrezas necesarias para la educación superior.

¿A quién debe ayudar el Estado: a los jóvenes vulnerables o a las universidades estatales? Según la reforma del Gobierno, y aquí encontramos el tercer error, la respuesta es a la universidades estatales. Pero el objetivo del Estado es servir a las personas no a sus instituciones. Por eso lo razonable es que el Estado entregue directamente a los estudiantes becas o créditos para que ellos elijan dónde y qué quieren estudiar. Con la reforma es el Estado quien elige porque solo algunas universidades serán gratuitas, imponiéndolas como únicas alternativas especialmente a los más pobres. Y como habrá
universidades gratuitas y universidades pagadas, aumentará la segregación en la educación superior, ya que los pobres estarán obligados a matricularse en las primeras y los ricos lo harán en las segundas.

La piedra donde siempre tropieza el Gobierno es el dogma de creer ciegamente que el Estado es siempre bueno y lo privado es siempre malo. Tan ciegos están que ni siquiera sacaron las cuentas de cuánto costaría la gratuidad universal, incumpliendo su principal promesa de campaña y
desilusionando a miles de familias que creyeron y confiaron en que sus hijos estudiarían gratis en la universidad.


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