Hace algunos días se entregó el Oscar a mejor película a “Spotlight” (“En primera plana”), basada en el reportaje periodístico que ganó el Pulitzer y que destapó los escándalos de abusos sexuales a menores de edad que la Iglesia Católica había ocultado por años. “Papa Francisco, es hora de proteger a los niños”, fue el emplazamiento de uno de los productores al recibir el premio.

Un llamado que resuena días después que se hiciera público un manual del Vaticano donde se indicaría que los sacerdotes "no tienen la obligación" de reportar las denuncias de abuso sexual a niños y niñas, ya que “sólo las víctimas o sus familias deberían tomar la decisión de ir a las autoridades”.

Esta guía -que forma parte de un programa de capacitación de nuevos obispos- se contrapone al llamado hecho por el papa Francisco para adoptar una política de "cero tolerancia" ante los abusos de niños por parte del clero.

Esta dualidad está ocurriendo en muchas otras partes. Vecinos que piensan que no les corresponde intervenir. Parientes que creen -erróneamente- que esconder la verdad duele menos que destruir la reputación de toda la familia: ¿Qué dirán en el colegio?, ¿qué pensarán mis compañeros de trabajo?

Para un padre, una abuela, un obispo, o quien sea, enterarse del abuso contra un niño o una niña siempre es algo traumático. Pero es mucho más angustiante para ese niño o esa niña, que no logra entender por qué le tocó vivir eso, por qué siente tanta vergüenza si no hizo nada malo.

El temor a un escándalo jamás debe conducir al encubrimiento de un delito tan grave. La reparación de una víctima nunca es completa si no existe justicia, si no se asegura que ese abusador está impedido de volver a acercarse o hacerle daño a otro niño o niña.

Si la pregunta es denunciar o no denunciar, la respuesta siempre es una sola: denunciar ante todo. Así se salva una vida, se evita que ese niño sea torturado durante días o meses, que esa niña violada quede embarazada o termine suicidándose para acabar con el abuso. Quien guarda silencio, se convierte en cómplice.

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